¿POR QUÉ TANTOS RECORTES SOCIALES?

(Juan Torres López, 13/11/2011)
 
La aplicación continuada en Europa de medidas que en lugar de resolver los problemas los agravan, que no crean más actividad o empleo, como pretenden conseguir, sino que la destruyen; o el empecinamiento en imponer políticas para facilitar el pago de la deuda que en realidad merman los ingresos y lo hacen más difícil, obligan ya a preguntarse si se trata de un fiasco no deseado, una simple manifestación más de incompetencia, o si, por el contrario, no será que estamos ante una estrategia bien pensada para imponer a la fuerza soluciones muy drásticas que de una vez por todas eliminen cualquier tipo de trabas al dominio del capital en Europa.

Algunos, como el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, opinan que los banqueros centrales terminan por ser incapaces de resolver los problemas que tienen que resolver, como ahora antes y durante la crisis, como consecuencia de su ceguera ideológica. Afirma Stiglitz que leyendo continuamente solo aquello que ratifica sus ideas preconcebidas y sus esquemas ideológicos no pueden sino tomar una y otra vez medidas en el mismo sentido y que por ello es imposible que reaccionen con flexibilidad y modifiquen sus posiciones cuando la realidad está mostrando que lo que piensan y hacen es completamente inefectivo para conseguir los objetivos que dicen que quieren conseguir.

Otros, quizá en la línea de lo que viene escribiendo otro Premio Nobel, Paul Krugman, o incluso algunos de los economistas más ortodoxos, tenderían a creer que se trata más bien de un problema "mecánico", la inevitable consecuencia del mal diseño "de fábrica" del euro. Sin la necesaria articulación política que lo respalde, sin vías de escape y sin instrumentos para hacer frente a impactos muy asimétricos como los que la crisis viene produciendo, además de forma continuada, sería imposible que el euro proporcionase la imprescindible capacidad de integración y que, por tanto, que todo el entramado termine saltando por los aires como consecuencia de la imposibilidad de que los territorios de la periferia hagan frente a la situación por si solos, puesto que los procesos de ajuste que sin plena integración han de llevar a cabo les resultarán fatales y, además, solo comportarían esfuerzos inútiles debido a su magnitud y a la contundencia con que deberían ser aplicados.

Tengo la convicción de que ambas explicaciones deben estar influyendo en el hecho indiscutible de que las políticas que se vienen aplicando empeoren en lugar de resolver la crisis en la que estamos. Irlanda era el ejemplo que la propia Comisión ponía al resto de Europa de lo que debía hacerse para afrontar la crisis incluso pocas semanas antes de que tuviera que ser intervenida y sus bancos rescatados. En Grecia la situación no hace sino empeorar a medida en que se van aplicando las recetas de las autoridades europeas y lo organismos internacionales que actúan al unísono con "los mercados". En España la actividad, el empleo y el bienestar de la población se encuentran en peor situación que hace un año y posiblemente nos encontramos ya en una nueva recaída, y quizá más importante, de la economía que no puede ser considerada sino como consecuencia de las políticas de falsa austeridad (puesto que solo recortan derechos sociales y no implican más recogida de fondos) que se han aplicado en estricta obediencia de lo deseado por los mercados. Y en Italia se está a punto de producir una auténtica hecatombe si tenemos en cuenta que es la octava potencia industrial del globo.

Pero no creo, sin embargo, que se trate solamente de un asunto de incompetencia por ceguera ideológica y ni siquiera de que, efectivamente, el euro esté muy mal diseñado, aunque ambos factores creo que intervienen sin lugar a dudas, sino que me parece que lo que está pasando es también la consecuencia de la puesta en marcha de una auténtica estrategia bien pensada y articulada a la que interesa provocar la situación de perturbación en la que estamos para poder aplicar más fácilmente los ajustes que se pretende consolidar como constantes en la política europea para los próximos años.

Como han puesto de relieve diversos documentos de trabajo u oficiales de la Unión Europea, la idea dominante desde hace algún tiempo es que se está modificando la arquitectura mundial y que es preciso que los capitales europeos se ajusten de otro modo en el planeta para salir adelante, porque los mercados internos cada vez van a resultar menos capaces de proporcionar rentabilidad y acomodo adecuado a la escala con la que se ha de operar en los nuevos mercados. Y particularmente se tiende a pensar que Europa debe prepararse para ser competitiva con los países asiáticos que se cree que van a ser el polo de referencia principal de la industria, el comercio y las finanzas internacionales a medio y largo plazo.

Esa idea es la que está llevando a imponer los pactos suscritos hasta ahora fundamentalmente orientados a controlar salarios y a establecer mecanismos de estricta rigidez que aseguren estructuras de costes competitivas a las grandes empresas europeas dado que se reconoce que la estrategia orientada a situar a Europa en la vanguardia de la innovación y el desarrollo tecnológico ha sido un fiasco.

El Informe al Consejo Europeo del Grupo de Reflexión sobre el futuro de la UE en 2030 viene a mostrar esta posición de un modo bastante claro en torno a tres ideas fuerza fundamentales: hay que prepararse para competir con Asia, para ello es necesario reforzar las reformas que reduzcan costes y aseguren mucho mayor control y vigilancia sobre la actuación de los países miembros, especialmente en su gestión presupuestaria, y para ello es imprescindible avanzar en una mayor coordinación o incluso en la unión política.

El paso más importante y decisivo en ese camino es la puesta en marcha del nuevo Mecanismo Europeo de Estabilidad que se le ha presentado a la opinión pública como un simple fondo cuya puesta en marcha requiere una "pequeña reforma" en el Tratado de Lisboa (como dice textualmente la web de la Comisión:http://bit.ly/tKqAxS) cuando en realidad trae consigo es una filosofía neoliberal reforzada, una nueva autoridad mucho más antidemocrática y un nuevo corsé político mucho más ajustado impuesto al conjunto de los países miembros que va a suponer costes y desventajas para las clases trabajadoras y el bienestar social muy grandes y proporcionales a los beneficios que va a proporcionar a los bancos y grandes empresas europeas.

Se trata de un mecanismo que va a obligar a los países miembros "irrevocable e incondicionalmente", de modo que ninguno de ellos tendrá posibilidad de salirse del camino establecido, que consolida el recurso a los mercados como la vía de solución de los problemas financieros, cuando en realidad esa ha sido la causa de la crisis y su principal mecanismo de agravamiento y de contagio; y que va a acabar con los restos de soberanía sin contrapartidas de gobierno común europeo que quedaban en Europa.

En mi opinión, lo que mejor explica la contumacia a la hora de seguir aplicando medidas que no funcionan para lo que se dice que van a servir es que en realidad se están creando las condiciones de shock que justifiquen la puesta en marcha de estos nuevos mecanismos más centralizados de control y supervisión, que no de gobierno democrático, y que consoliden el ajuste terrible que se prepara en un nuevo marco de recortes sociales y de privatizaciones de servicios públicos.

Juan Torres López

“¡EL OTRO 99%!“ EL CLAMOR POPULAR, YA IMPARABLE

(Federico Mayor Zaragoza, 09/11/2011)

Como era previsible, los "indignados" se están extendiendo por todo el mundo. Ya nada les detendrá… porque representan "el otro 99%"!, como se leía, expresado de forma tan impactante, en las pancartas de los "ocupadores de Wall Street" en Nueva York.

Recomiendo prestar atención a la voz de todos ellos antes de que se desborde el río.

Después de las críticas por las actitudes de las fuerzas de seguridad ante la "primavera árabe", observamos ahora estupefactos las imágenes de represión violenta en los Estados Unidos.

Aunque algunos se resisten a reconocerlo, ha llegado el momento de la transición de la fuerza a la palabra.

Todos sabemos que son necesarios y apremiantes cambios, tales como:

. No se puede seguir considerando "inexorable" la inversión diaria de 4.000 millones de dólares en armas.
. Ni que se mueran de hambre, en 24 horas, 70.000 personas.
. Ni lo que está sucediendo en Darfur.
. Ni que sigan muriendo muchos enfermos de Sida en el África subsahariana.
. Ni que más de 1.000 millones de personas carezcan de acceso al agua potable…

Sí: después de siglos de obediencia, después de siglos de vivir hincados, amanece un mundo nuevo donde todos los ciudadanos y no sólo unos cuantos contarán y serán tenidos en cuenta.

En muy pocos años, "el otro 99%", hombres y mujeres ciudadanos del mundo, accederán a los escenarios del poder para hacer realidad la gran transición de la fuerza a la palabra, de la mano armada a la mano tendida.

La Puerta del Sol, trasladada a la "puerta global del ciberespacio" habrá permitido, a través de las modernas tecnologías de la información y de la comunicación, reparar muchos entuertos y dotar al multilateralismo de la autoridad que requiere, junto a los medios personales, técnicos y financieros necesarios, para que un Sistema de Naciones Unidas refundado lidere una nueva era. Se trata de una inflexión histórica: por fin, será la gente la que tome en sus manos las riendas del destino.

¡Qué excelente la anticipación de Miguel Martí i Pol cuando escribió: "Todo está por hacer y todo es posible… pero, ¿quién, sino todos?"!

#AritmEtica20N: MATEMÁTICAS PARA ROMPER EL JUEGO DE LOS PARTIDOS

(Madrilonia, 08/11/2011)

Game is over: utilicemos el voto para que no les salgan los números

Hasta ahora a los partidos y a los políticos les ha ido muy bien. Que el sistema electoral no nos represente y la gente no vaya a votar; que los monopolios de poder de PP, PSOE y CiU nos den asco y que prefiramos a partidos más pequeños y democráticos siempre ha favorecido este monopolio, fragmentando el voto de disenso.

Hasta ahora han jugado con nosotros. Ha llegado el momento de que juguemos con ellos y les ganemos en el último terreno al que se pueden aferrar para legitimar sus privilegios.

El juego de las elecciones es la última excusa que tienen, y no nos gusta.Es un juego donde hay fichas: los partidos. Ninguno de ellos nos representa, todos sirven a intereses que no son los de la gente. No hay distinción de color.


Así que no jugaremos las fichas por el color que tienen sino por el resultado que queramos conseguir: que dejen de salirles los números.


El objetivo es hacer colapsar el monopolio de PP, PSOE y CiU e impedir que el PP gobierne por mayoría absoluta.

Aritmética pura. #AritmEtica20N


¿Por qué?
El PP ya dijo que el 15M es un hecho anecdótico y hay que arrasar con él. La historia nos enseña que un alto grado de represión no favorece las transformaciones sociales, ya que la energía de cambio se concentra en defenderse de la represión. El poder nos mantendría ocupados para arrasar con el bienestar, los derechos y la felicidad de la gente en beneficio de los más pudientes.

Vamos a hacerlo al revés.

Vamos a mantenerlos ocupados pactando entre ellos, mientras nosotros seguimos con la r-evolución, abriendo brechas hacia nuevas formas de democracia y gobernanza.

Hasta ahora han sido afortunados. No jugábamos en su terreno, pero ahora tenemos la oportunidad y la fuerza para hacerlo.

Votemos masivamente.

En cada circunscripción electoral votaremos al partido más fuerte que no sea PP, PSOE o CiU (recordemos que aprobaron la ley Sinde: nolesvotes).


No se trata de votar al partido que nos desagrada menos o que nos gusta un poco, sino de utilizarlos para que se peleen entre ellos. Divide y vencerás.

Muchos de nosotros somos abstencionistas, convencidos de que este sistema no se ha de legitimar. Y justamente por esto estamos convencidos de que esta vez hay que votar para que salte por los aires la aritmética que les permite decir que su poder es legítimo.


Hagámosles la vida imposible, en la calle y también en el parlamento.

En esta tabla hemos colgado unos cálculos basados en los resultados de las últimas elecciones (2008 y 2011) y en las recientes encuestas del CIS. Con una buena aproximación, muestran qué partido hay que votar para romper el liderazgo de PP, PSOE y CiU en cada circunscripción, el partido que puede romper el monopolio.

Se necesitan muchos votos para romper su juego. Concentrémoslos.


Aunque la reglas no sean las nuestras y no queramos jugar, si no jugamos nos la juegan.

No dispersemos los votos en partidos mejores, pero demasiado pequeños para ser un peligro real para ellos; no permitamos con nuestra abstención que el bipartidismo triunfe de nuevo.

Podemos hacer imposible que nos gobiernen reventando su legitimidad desde dentro.

No es aprecio, no delegamos en ninguno de ellos, ni les creemos.

Es pura aritmética, #AritmEtica20N

La aritmética no te hace promesas, te indica cómo romper el bipartidismo. La aritmética no te representa. Al votar aritmética votas lo único en lo que podemos llegar a acuerdo: nuestro mayor interés común es acabar con su poder.

Puedes elegir: ser parte de una máquina que no has elegido pero que legitima el descontrol bancario y la falta de democracia o ser parte de una aritmética que rompa la máquina.

Aquí una campaña similar lanzada por otra gente:
http://nomasppsoe.wordpress.com/2011/10/30/sistema-electoral/

ESTO YA NO ES UNA CRISIS

(SANTOS JULIÁ, 06/11/2011)

Una crisis tan profunda y tan duradera como la que estamos viviendo ya no es una crisis, es otra cosa. Algo se nos ha roto entre las manos y nadie sabe cómo repararlo, tal vez porque no tiene remedio. No se trata solo de que la fiesta, en efecto, ha terminado: al cabo, todas terminan, sería insoportable todo el tiempo de fiesta. Se trata, o eso barruntamos, de que las cosas nunca volverán a ser otra vez como fueron en los años de euforia; que es preciso abandonar la idea de que, como esto es una crisis, algún día saldremos de ella. Esto ya no es una crisis, es un derrumbe, o mejor, una amenaza de ruina.

Lo es, o está a punto de serlo, para el marco en que se han desenvuelto las últimas décadas de nuestra vida, desde cuando tuvimos ocasión de comprobar lo acertado de la célebre sentencia según la cual España era el problema, Europa la solución. En verdad, aquella conciencia de logro, de haber llegado a puerto tras un largo y tormentoso viaje, que impregnó nuestra sociedad y nuestra cultura desde mediados de los años ochenta y que ha cambiado nuestras miradas hacia el pasado y nuestras expectativas de futuro, ha dado de sí todo lo que llevaba dentro. Hoy, el problema es Europa y España es solo parte del problema.

Lo es, además, en lo que se refiere al principal logro complementario de ser europeos: el de haber construido por fin un Estado compuesto que, con las tensiones propias de todas las arquitecturas variables, parecía gozar de sólidos fundamentos y de amplia legitimidad. Hoy, sin embargo, ante la deuda sin fondo de las Comunidades Autónomas, los impagos de los Ayuntamientos y el descrédito de instituciones y de partidos, nadie se atreve a proponer nada que afecte al sistema de la política, a las instituciones del Estado y a su organización territorial, como si todo pendiera de alfileres y con solo un soplido se nos viniera abajo la totalidad del edificio.

Ninguna metáfora expresa mejor el estado de espíritu dominante que la visión de esos aeropuertos desertizados por aviones y pasajeros: tan nuevecitos todos, tan limpios y, sin embargo, qué desolación, como las de esas autopistas por las que circula de vez en cuando un automóvil, o esas ciudades fantasma donde ni un alma se ve por las calles. Es la ruina de lo no estrenado, en la que nada ha tenido que ver la desregulación de los mercados, ni la codicia de la nueva oligarquía financiera. O más bien, de ellas sacó provecho una clase política que creyó asegurar su poder sembrando todo el territorio de promociones inmobiliarias, de aeropuertos, de líneas de alta velocidad, de autopistas, de subvenciones, de cadenas de televisión. Es como la triste cosecha de la mayor quiebra del pacto socialdemócrata de posguerra: habernos dejado llevar por el señuelo de la mano invisible, cuando los mercados derramaban dinero a espuertas, que los gobiernos vertían generosamente en políticas destinadas a pescar votos en caladeros segmentados.

La profundidad de la grieta es tan honda y su duración tan fuera de control, tan inconmensurable, que por necesidad han de sonar a hueco los programas aplicadamente elaborados por los partidos políticos para las próximas elecciones. Páginas y páginas de buenos propósitos, de promoveremos, reforzaremos, reformaremos, como si tuvieran en su mano promover, reforzar, reformar. Antes de proponer nada, sería menester un diagnóstico crítico, nada complaciente, de lo ocurrido en las dos últimas décadas, un diagnóstico que huya de los golpes de pecho, abomine de los "relatos" y rasgue los velos que ocultan la simple realidad de que hemos vivido muy por encima de nuestras posibilidades.

Quizá ninguna campaña electoral habrá discurrido en un clima de tanto escepticismo sobre la capacidad de nuestros partidos políticos, no ya para remediar, sino ni siquiera para diagnosticar verazmente esta nueva realidad que ha sucedido a los años en que los mercados no eran los malos de la película sino el séptimo de caballería que había venido a librarnos de los fantasmas del pasado. Escépticos y todo, la mayoría iremos a votar, no cabe duda, pero seguramente lo haremos sin la más mínima esperanza de que el resultado de nuestro voto, vaya a quien vaya, sirva para modificar ni un milímetro el curso de las cosas. Ha sido tan abrupto el despertar del ensueño, que será menester una buena ducha de agua fría antes de tomar la exacta medida de esta cosa a la que aun no sabemos cómo nombrar pero a la que algún día habrá que enfrentarse a fondo, por más que su feo rostro aparezca púdicamente oculto en los programas electorales.

DEMOCRACIA VERSUS DESPOTISMO


Me gustaría conocer la opinión de los candidatos a la Presidencia del Gobierno sobre el papel de la democracia en la supervivencia del euro. Sobre todo, después de ver como reciben las autoridades europeas en la reunión del G-20 a los responsables de países como China o Rusia consideradas por muchos como ejemplos de crecimiento económico y competitividad,  como si ello no tuviera nada que ver con sus formas políticas autoritarias o directamente dictatoriales.

Hasta ahora, habíamos criticado la lentitud de los procedimientos de toma de decisión en la zona euro, cuando la velocidad de los ataques diarios de los mercados parecía exigir mayor rapidez. Nos indignaba que Merkel retrasara la aprobación de una ayuda urgente a Grecia, cuya caída amenazaba con la estabilidad de la moneda única, porque tenía a la vista unas complicadas elecciones regionales o porque su parlamento necesitaba tiempo para discutir el voto preceptivo. Incluso descubrimos que un nuevo país era miembro del euro, cuando se nos informó que sus diputados amenazaban con hacer peligrar toda la construcción del apoyo a Grecia, es decir, a nosotros mismos, ya que Grecia éramos todos.

Sin embargo, ha bastado que el primer ministro Papandreu, el mismo que ha aceptado hasta ahora en solitario la aplicación de durísimas medidas de recorte y ajuste en su país que le han llevado a la mayor recesión económica de su historia, a reiteradas huelgas generales y a varias mociones de censura en su parlamento, planteara la conveniencia de acudir al pueblo en referéndum con el objetivo de que los pasos que está dando su Gobierno se viesen confrontados, ante la soberanía popular plena, con otras alternativas, si existiesen, para que se desatasen todos los demonios del infierno, con un mensaje tan nítido, como escalofriante: no, no hay que consultar con los ciudadanos este tipo de medidas tan duras, aunque signifiquen una seria restricción de la autonomía nacional. Los ciudadanos sufren y mucho, las consecuencias de las políticas impuestas, pero no se pueden pronunciar sobre las mismas aunque tengamos al país casi dos años con la soberanía suspendida por la intervención de la troika.

Nos hemos ido acostumbrando a que los mercados actúen, por razones económicas de búsqueda del beneficio privado, limitando la capacidad de decisión de las democracias nacionales. Es uno de los efectos negativos de no haber sabido contrarrestar con una adecuada gobernanza mundial a la globalización de intereses económicos que se ha producido en los últimos años. Pero que modificaciones sustanciales de los ámbitos nacionales de decisión como consecuencia de  la intervención de organismos internacionales u órganos de representación supranacional, tampoco puedan llevarse a consulta de la soberanía nacional, es tan discutible que muchos países no siguieron el consejo y lo hicieron, por ejemplo, cuando el referéndum sobre el Tratado de Maastricht o el más reciente de Lisboa. 

Es cierto que, al final, la Unión Europea ha encontrado un camino de salida al laberinto griego del euro. Pero todo el edificio de la construcción comunitaria lleva años aquejado de un déficit democrático que no logra superar la ampliación de poderes al parlamento. Bruselas se ha convertido para muchos ciudadanos, y no solo para los conservadores británicos, en el paradigma de sistema político cuyas decisiones me afectan, pero son adoptadas sin mi participación y, a menudo, sin mi conocimiento, ni control. A ese problema crónico se ha unido la parálisis derivada de la crisis del euro que ha evidenciado las profundas carencias del aparato institucional comunitario dividido entre un Presidente de derecho, Van Rompuy, y "una y medio" de hecho, Merkel y Sarkozy, cuyas fricciones con el primero no se recatan en evidenciar mediante, por ejemplo, la convocatoria de dos reuniones distintas del Consejo en la misma semana.

Y en ese contexto, ¿el problema era Papandreu con su referéndum? Por cierto, consulta en la que iba a defender, frente a sus ciudadanos, los acuerdos alcanzados, la inexistencia de alternativas para Grecia a la aceptación del paquete de ayuda con todas sus condiciones y donde, presumiblemente, pretendía coger fuerza frente a una oposición parlamentaria que, a pesar de haber sido gobierno cuando el endeudamiento masivo y la falsificación de cuentas públicas, estaba jugando al desgaste partidista del Gobierno, ante la impopularidad de las medidas que necesariamente había que adoptar.

En el momento en que escribo, tengo sobre la situación menos datos que el lector cuando lo lea. Tal vez, todo acabe si consigue forzar a esa misma oposición a firmar un compromiso conjunto de apoyo al paquete de medidas asociado a la intervención y a la quita de la deuda para hacer frente, juntos, a una situación tan difícil que no tiene, además, alternativas practicables. Si así fuera, Papandreu habría jugado con fuego para apagar el incendio que, en casa, le estaban alimentando una oposición irresponsable.  Con ello, convertiría la cuestión de supervivencia para el país heleno en un asunto, parlamentariamente, también de excepción. De esos que requieren alturas de miras y pactos de estado, no mezquindad partidista a corto plazo. Si es así, el compromiso griego con la zona euro saldrá fortalecido y el cumplimiento de las duras condiciones, mejor garantizado.

Pero, a mí, siempre me quedará el regusto amargo de las horas en que pareció que el proyecto del euro no era compatible con la democracia y no solo por causa de los mercados sino de los propios dirigentes políticos cuando decían que el pueblo soberano no estaba, en realidad, preparado para adoptar decisiones tan complejas. Que recurrir a las urnas, mediante un referéndum, era una grave irresponsabilidad.

Quizá, porque todavía resuenan en las plazas los gritos del 15-M "no nos representan", como crítica a la democracia representativa realmente existente, si tampoco es aconsejable el recurso excepcional al referéndum, entonces ¿estamos condenados a vivir con un alejamiento poco democrático entre ciudadanía y clase política?

Si los griegos clásicos inventaron la democracia directa (referéndum), el continente europeo aportó el despotismo ilustrado. A lo mejor, es bueno encontrarse en unos parlamentos representativos, donde se pacte y no solo donde se discrepe.

DESPOTISMOS DEMOCRÁTICOS

(ATTAC España, 07/11/2011) 

Antoni Jesús AguilóGadeso

—"Cuando uso una palabra", insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso, "quiere decir lo que yo quiero que diga… ni más ni menos".
—"La cuestión", insistió Alicia, "es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes".
—" La cuestión", zanjó Humpty Dumpty, "es saber quién es el que manda…, eso es todo".

Lewis Carroll, Alicia a través del espejo


Uno de los problemas más graves de nuestras democracias es la combinación de democracia política formal y despotismo social en un contexto de crisis global y, en consecuencia, marcado por la aceleración de los procesos de exclusión económica y social.
La democracia representativa liberal que conocemos, promovida alrededor del mundo por el neoliberalismo global dominante, es capaz de convivir cómodamente con una multiplicidad dispersa de fenómenos económicos, sociales, institucionales, culturales y psicológicos de naturaleza despótica que condicionan negativamente los procesos de democratización de la sociedad. Se trata de relaciones sociales que, aunque se desarrollan en marcos formalmente democráticos, están reguladas por diferencias de poder tan extremas en las cuales la parte fuerte de la relación tiene la capacidad de imponer a la parte débil sus criterios, dictar sus propias normas y tomar decisiones de manera unilateral.

La palabra "déspota" proviene etimológicamente del griego despótes, que significa "dueño", "señor" de algo o alguien sobre el que se ejerce un dominio arbitrario y una autoridad absoluta. El déspota es una figura relevante de la sociedad y la política griegas. Es el dueño absoluto de sus bienes, de las personas que dependen de él para sobrevivir (esclavos, mujeres, hijos y familiares) y de los animales que utiliza para mantener sus propiedades. El principal rasgo del déspota es el de ser el autor único y exclusivo de las reglas y normas que rigen la vida familiar, es decir, el espacio considerado privado. El poder despótico, dice Aristóteles, es arbitrario, porque emana exclusivamente de la voluntad y las necesidades del déspota. Otro filósofo, John Locke, afirma que es un "poder absoluto y arbitrario" ejercido contra la persona o grupo que se desea dominar, hasta el punto de poder privar a los dominados del derecho a la vida. El poder despótico, añade Locke, equivale a la declaración de un "estado de guerra", que el filósofo describe como una situación de enemistad, "de odio y destrucción" entre quien domina y quien es dominado. Por el contrario, la figura opuesta al déspota es la del esclavo (doulós). Su etimología procede del verbo griego doulein, que significa estar sometido al poder y servicio de otro, lo que pone de manifiesto la naturaleza sumisa y dependiente del esclavo, así como la relación absolutamente jerárquica y vertical entre el déspota y el esclavo.

Nuestro sentido común entiende democracia y despotismo como si fuesen dos términos contrapuestos, cuando en realidad estos conceptos no son incompatibles ni mutuamente excluyentes, sino que pueden convivir –y de hecho conviven– juntos tranquilamente. Esto es lo que pasa en el marco de las sociedades consideradas democráticas, donde la democracia formal sirve para camuflar nuevos despotismos y servilismos sociales que crean nuevas y recrean viejas formas de desigualdad social, exclusión y discriminación. Veamos algunos ejemplos:

1. La usurpación de competencias legislativas estatales por parte de poderes privados (agencias de calificación, bancos, empresas transnacionales) que tienen la capacidad de imponer a países y gobiernos sus criterios y decidir aspectos fundamentales que afectan a la vida de la gente.

2. La ausencia de mecanismos democráticos de control y regulación de los mercados financieros especulativos, lo que propicia la permisividad con los paraísos fiscales, el blanqueo de capitales, la evasión fiscal, la fuga de capitales y la opacidad de las grandes operaciones financieras.

3. La corrupción política, la opacidad en la toma de decisiones y el escaso control ciudadano de las políticas públicas. En uno de sus libros, el profesor Juan Ramón Capella explica de manera brillante qué significa ser lo que llama un "ciudadano siervo", una situación en la que los ciudadanos son sujetos de derechos pero sin poder efectivo para hacerlos cumplir: "Los ciudadanos no deciden ya las políticas que presiden su vida. El valor o pérdida de valor de sus ahorros, las condiciones en que serán tratados como ancianos o las que reunirá su lecho de muerte, sus ingresos, el alcance de sus pensiones de jubilación, la viabilidad de las empresas en las que trabajan, la calidad de los servicios de la ciudad que habitan, el funcionamiento del correo, las comunicaciones y los transportes estatales, los impuestos que soportan y su destino. Todo ello es producto de decisiones en las que no cuentan, sobre las que no pesan, adoptadas por poderes inasequibles y a menudo inubicables. Que golpean con la inevitabilidad de una fuerza de la naturaleza".

4. Los montones de millones de dinero público destinados al rescate de los bancos, hecho que contrasta de manera vergonzosa con los recortes de los derechos sociales, justificados bajo una retórica anticrisis. Se habla, así, de "medidas dolorosas pero necesarias", de "reformas ineludibles" y de "sacrificios colectivos", eufemismos que pueden conllevar –y en determinados casos ya han conllevado– la reducción de los servicios prestados por los centros de salud, el despido de trabajadores, la congelación de las pensiones, la reducción de frecuencias horarias en los transportes públicos o la degradación de servicios públicos esenciales como la sanidad o las escuelas, etc.

5. La agudización de las desigualdades sociales y territoriales derivadas de las transformaciones económicas y sociales generadas por la globalización neoliberal, que han abierto una brecha cada vez mayor entre los países del Norte y los del Sur. Un dato: sólo siete países del Primer Mundo, con el 21% de la población mundial, consumen más del 50% de los recursos naturales y energéticos de nuestro planeta.

6. Las metamorfosis en el mundo del trabajo (deslocalizaciones productivas, zonas francas para atraer capitales, mano de obra barata sin apenas derechos laborales, etc.) han empujado a miles de personas a trabajar en auténticos infiernos laborales, como es el caso de las maquilas centroamericanas: sometidas, entre otras circunstancias, a interminables jornadas laborales con salarios ínfimos y condiciones de trabajo deplorables. Sobre todo en un entorno de crisis económica como el actual, el trabajo, lejos de ser un factor de inclusión social y generación de ciudadanía, pasa a ser un bien escaso, lo que obliga al trabajador a aceptar cualquier empleo y bajo cualquier condición.

Fenómenos como estos evidencian la debilidad democrática de nuestras democracias procedimentales y representativas. No en vano, analistas sociales contemporáneos hablan del predominio de los "procesos de desdemocratización", de la emergencia de un "fascismo social" o de la presencia de diferentes "enclaves autoritarios".

Hoy nos enfrentamos a un déspota de carácter global pero que también actúa a escala local: el neoliberalismo incrustado en las principales instituciones económicas, políticas y financieras mundiales, ya sean públicas o privadas. Con la creencia de que la libertad de mercado y sus leyes traerán el mejor resultado para el bienestar humano, el despotismo neoliberal impone condiciones políticas, sociales y económicas que van en la línea de abolir libertades, destruir derechos sociales y económicos, desmantelar el sector público, deteriorar el medio ambiente y desmovilizar a la gente. Y todo ello utilizando la democracia electoral formal, desprovista aquí de cualquier dimensión ética y social y orientada por la lógica de la desregulación, la privatización y la mercantilización.

Democracia y despotismo no pueden ser dos procesos convergentes, sino radicalmente antitéticos. Mientras la democracia se limite únicamente a las instituciones y mecanismos liberal-representativos, seguiremos viviendo en democracias frágiles e incompletas sin poder real para mejorar la vida de la gente.

Tenemos que apostar firmemente por una democracia contrahegemónica (participativa, redistributiva, intercultural y paritaria) que sea capaz, entre otras cosas, de combatir los poderes y las relaciones despóticas que nos rodean. Matener el actual estado de cosas supone una perversión del significado original de la palabra "democracia". No podemos permitir que en el campo de los conceptos políticos, ni en cualquier otro, se imponga, sin más, la postura despótica que representa Humpty Dumpty

Antoni Jesús Aguiló es miembro del grupo de investigación Política, Trabajo y Sostenibilidad de la Universidad de las Islas Baleares.
http://www.gadeso.org/sesiones/gadeso/web/opinion/93_ca.pdf

DE LA LIMOSNA A LOS DERECHOS, TÚ ESCOGES. ESTÁ EN TU MANO PORQUE SOMOS MÁS!

(Punts de Vista, 06/11/2011)

Leo en O Militante un artículo titulado "O Estado assistencialista ou a esmola como política oficial" (El Estado asistencialista o la limosna como política oficial) de José Augusto Esteves. Y curiosamente, mientras tanto oigo en la radio un spot de la campaña electoral del PP en el que se propugna para Catalunya que la política cultural sea financiada por patrocinadores privados. La coincidencia me produce escalofríos, no sólo por el progresivo abandono de las funciones del Estado tanto en temas sociales como en los culturales que significan la configuración en alzado, creación, valores, solidez, identidad y libertad de un colectivo, sino porque cuando miro a Grecia y a Portugal me siento visitada por los fantasmas de las navidades futuras en el probable caso de que el próximo 20-N sea el PP quien arrase en las urnas. Y opino entonces que hay demasiada gente quieta, callada, que no se deja ver, que no está defendiéndose de la realidad que nos amenaza (con o sin campañas electorales, todo hay que decirlo), ni ocupando las calles y las plazas… Y que incluso los partidos que se reclaman de la izquierda se pronuncian de manera demasiado plana. Porque no se trata solamente de no callar. Se trata de denunciar, con todas las alarmas en funcionamiento, de que los programas liberales que amenazan con ganar las elecciones también en España, suponen la conversión de los derechos sociales (y de la cultura en Catalunya) en beneficencia pública y privada. Y esta apuesta por la humanidad, la rebeldía y los hombres y mujeres en pie (dempeus) no caduca el 20-N, ni mucho menos.

Tomo de Esteves la afirmación de que "el Estado como garante y protector de los derechos sociales universales - como expresión institucional de los logros más importantes de la lucha del movimiento obrero y reflejo en la historia de una sociedad alternativa al capitalismo – ha sido sometido durante mucho tiempo al fuego cerrado de los que aspiran a volver a un pasado de explotación laboral sin límites y sin restricciones. Esta ofensiva, provocada por los grandes centros del capitalismo internacional, se articula con el proceso de contra-revolución que están llevando a cabo las fuerzas de la troika unidas en el pacto de la agresión e intervención del FMI y la Unión Europea." En Portugal el programa de Passos Coelho (el Mariano Rajoy luso) está vendiendo los servicios públicos y promueve su creciente comercialización con soluciones de colaboración público-privada (¿les suena?) mientras limita el acceso a los derechos y beneficios sociales con una regulación restrictiva orientada hacia el desmantelamiento de un Estado con responsabilidades que están recogidas no sólo en los Derechos Humanos, sino en la Constitución. Y eso mismo está pasando ya en España, incluso se votó hace pocos días en el Parlamento como reforma constitucional "obligada" por "los mercados" ¿verdad que sí les suena?

Pero veamos que más puede seguir… Por ejemplo, en Portugal, una parte significativa de la población ocupada, con bajos ingresos, comenzó a ser excluida de servicios como el subsidio familiar, la ayuda escolar, el complemento social de las personas mayores, del subsidio de desempleo, las rentas de integración social, el reembolso de medicamentos, el transporte no urgente de pacientes, los descuentos en transportes de personas mayores, etc.
Por lo que a la evolución del sector de la salud portugués se refiere, con el creciente papel desempeñado por las grandes empresas y otros intereses privados entre los que se incluye la gestión de las unidades del Servicio Nacional de Salud, la enfermedad se está convirtiendo en un negocio altamente rentable ya que el acceso universal deja paso a seguros contratados con mútuas (¿les sigue sonando la musiquita?) con un progresivo vaciamiento de las responsabilidades del Estado en el sector sanitario. En el caso de Portugal, para las personas que carecen de medios, se ha puesto en marcha un programa que pervierte el concepto de política social en caridad: se trata del Programa de Emergencia, que muestra con transparencia cristalina las concepciones ideológicas de sus promotores en relación a la pobreza. Su visión nos recuerda no sólo la cruda realidad del fascismo, pero que nos devuelve a los crudos tiempos de la revolución industrial en Inglaterra, replicando las respuestas e ideas de las clases dominantes sobre las las condiciones de pobreza dramática de las clases trabajadoras con las famosas Leyes de Pobres, sus medidas de castigo y la aplicación de la norma de asistencia por el trabajo como condición para tener derecho a la ayuda de la parroquia.

También se oyen amenazas de este estilo en la campaña electoral que vivimos en España. Se coquetea torpemente con la idea de condicionar la prestación por desempleo a una especie de prestación de trabajo gratuita… sin ni siquiera cuestionar el origen del derecho al subsidio de desempleo se encuentra en un sistema en el que los beneficiarios son solidariamente responsables con sus propias contribuciones y lo garantizan, o, dicho de otra manera, se trata de un derecho financiado por los que trabajaron e hicieron deducciones de seguridad social… y no es un regalo de nadie, y menos de las alas más ultraliberales de los populares europeos en versión portuguesa o española… o inglesa, porque también David Cameron está hablando en Inglaterra de la "Big Society", una operación de engaño que también aspira a más voluntariado, más caridad y menos Estado, liberando con ello de responsabilidad al Estado en el desempeño de las funciones sociales y transformando, también en Gran Bretaña, los derechos sociales en limosna.

Si este asalto al progreso humano y a la democracia, si este retroceso de siglos en los avances de civilización se avalan en las urnas el 20-N ¿nos estamos dando cuenta de verdad de qué vida nos espera, de cómo no sólo estamos sacrificando nuestra dignidad sino nuestra inteligencia, de que estamos minando cualquier perspectiva de futuro para nosotros mismos y quienes están por venir si no nos rebelamos… si no nos damos cuenta de que SOMOS MÁS?

ESTRENO DE #Indignados, EL DOCUMENTAL SOBRE EL MOVIMIENTO #15M





(El Blog de Enrique Dans, 05/11/2011)



Estreno de #Indignados, el documental sobre el movimiento #15M dirigido por Antoni Verdaguer y producido por Josep Jover.
Parte 1
Parte 2
Parte 3
Parte 4
Parte 5
Parte 6

EL ABANDONO DE LAS POLÍTICAS REDISTRIBUTIVAS POR PARTE DE PARTIDOS SOCIALDEMÓCRATAS Y SUS CONSECUENCIAS

(ATTAC España, 04/11/2011)

Vicenç Navarro – Consejo Científico de ATTAC España

En los últimos treinta años hemos visto el abandono por parte de gran número de partidos pertenecientes a la tradición socialdemócrata (que es, en teoría, la tradición política comprometida en desarrollar el socialismo a través de la vía democrática) del principio redistributivo de la riqueza del país como medida central de su proyecto político. Otras tradiciones políticas han influenciado este cambio. Una variación, derivada de la democracia cristiana, ha sido sustituir las intervenciones públicas encaminadas a desarrollar derechos sociales para toda la ciudadanía (programas universales) por políticas asistenciales, como los programas antipobreza, y otros, destinados a prevenir y evitar la exclusión social. Como señaló Tony Blair, una figura emblemática de la Tercera Vía (que fue muy influyente en los cambios en la socialdemocracia europea), "no me importa que los ricos sean cada vez más ricos. Lo que me importa es que los pobres dejen de ser pobres". De ahí que muchos partidos socialdemócratas se hayan centrado en la prevención de la pobreza y de la exclusión social más que en el desarrollo y promoción de derechos sociales para toda la población. Consecuencia de ello es que las desigualdades en la sociedad y la concentración de la riqueza en los países gobernados por estos partidos (que en un momento determinado eran la mayoría en la Unión Europea) han aumentado.

Una de las causas del abandono de las medidas redistributivas por parte de la socialdemocracia fue la incorporación en su ideario de otro principio, éste derivado de la tradición liberal, que asume que la eficiencia económica requiere la existencia de desigualdades, contraponiendo la eficiencia a la equidad. De este principio tales partidos derivaban –tal como también asumen los partidos liberales- que las medidas correctoras de la desigualdad afectaban negativamente la eficiencia de la economía, dificultando indirectamente la corrección y reducción de la pobreza. La concentración de la riqueza se percibía como una condición para que la economía creciera y se resolviera la pobreza. Como indicó el mismo Tony Blair a un grupo de militantes del Partido Laborista, "tenéis que daros cuenta que vuestras peticiones de que distribuyamos la riqueza están dificultando resolver el problema de la pobreza. Os preocupáis demasiado de los que están arriba –los ricos- y no os dais cuenta de que, con ello, estáis perjudicando a los de abajo –los pobres-". Esta postura liberal (en realidad neoliberal) dentro de la socialdemocracia aparece también en la tan utilizada expresión de que "para distribuir, hay que antes crecer", asumiendo, de nuevo, que hay un conflicto entre eficiencia y equidad, y que ésta última debe sacrificarse en aras de la primera.

De esta manera la desigualdad como categoría de análisis y de intervención ha prácticamente desaparecido de la narrativa socialdemócrata. Y puesto que ni la democracia cristiana ni los partidos liberales nunca consideraron la corrección de las desigualdades como objetivo de sus políticas públicas, el abandono de tales políticas por parte de la socialdemocracia significó la desaparición de tal preocupación y medidas correctivas de los fórums nacionales e internacionales. Como bien señala Robert Wade en su artículo "Global Trends in income inequalities" (Challenge, Sep/Oct. 2011), incluso la palabra "desigualdad" dejó de utilizarse en documentos de las Naciones Unidas. En la conferencia internacional Millennium Developments Goals de las Naciones Unidas, presentada como la conferencia que tenía que analizar objetivos sociales del desarrollo económico, realizada en 2005, se indicó que el objetivo central de los países debería ser eliminar la pobreza sin nunca citar la necesidad de redistribuir la riqueza, asumiendo erróneamente que se podía conseguir lo primero sin incidir en lo segundo. Sólo más tarde, en el informe Equidad y Desarrollo (2006), abordaba el tema de una manera tímida y moderada, como lo hizo también la socialdemocracia, introduciendo el concepto de "igualdad de oportunidades", que se limitaba a garantizar educación para todos sin referirse, en cambio, a las medidas redistributivas de la riqueza y la renta, asumiendo erróneamente que la igualdad de oportunidades podría alcanzarse sin que se realizaran previamente profundas medidas redistributivas.

Resultado de ello es que las desigualdades de renta han alcanzado unos niveles nunca conocidos en los últimos cien años. Tenemos que remontarnos al periodo pre Gran Depresión, para ver niveles de desigualdad tan acentuados como ahora. Las rentas de los ejecutivos de las grandes empresas, incluyendo las financieras, en la Gran Bretaña del Sr. Tony Blair, eran 1.128 veces más grandes que el salario medio de aquel país. Y la pobreza alcanzó durante su mandato el mayor porcentaje que haya existido en la Gran Bretaña en los últimos cincuenta años. Lo mismo ha ocurrido en EE.UU. y en la mayoría de países de la UE.

En realidad, tal concentración de la riqueza ha sido la causa de la disminución de la capacidad adquisitiva de la mayoría de la ciudadanía, del crecimiento de su endeudamiento, del descenso de la demanda doméstica y del comportamiento especulativo de la banca. Y también por cierto del enorme crecimiento de la pobreza (ver mi artículo en Sistema "Cómo las políticas neoliberales serán responsables de la II Gran Depresión y como ésta podría prevenirse", 28.10.11 en mi blog www.vnavarro.org). Es más, tal concentración de la riqueza ha limitado enormemente la expresión democrática en los países que se autodefinen como democráticos a los dos lados del Atlántico Norte. La enorme concentración de la riqueza ha dado un enorme poder económico y financiero a tales sectores minoritarios, que a través de su abusiva y desorbitada influencia sobre las instituciones políticas, están imponiendo medidas muy impopulares que están dañando a las clases populares, políticas cuyo único objetivo es el de optimizar su riqueza y concentrarla, todavía más, en sus manos. Éste ha sido el resultado de que la socialdemocracia abandonara las políticas redistributivas.

El posible futuro en España

Una última observación. Las encuestas, no siempre creíbles y frecuentemente manipuladas, muestran una posible victoria del Partido Popular, cuya orientación económica es claramente neoliberal. Independientemente de lo que su programa electoral contenga, es fácil de predecir que sus políticas fiscales y económicas acentuarán todavía más las desigualdades de renta y de propiedad existentes en España, las más altas existentes en la UE-15. Tales políticas tendrán un impacto devastador para el bienestar de las clases populares. Lo que está ocurriendo en la Gran Bretaña es un buen indicador de lo que ocurrirá en España, donde la popularidad del gobierno ha descendido espectacularmente como resultado de tales políticas.

Lo que es preocupante es que este descenso de popularidad no va acompañado de un crecimiento paralelo de popularidad de la alternativa laborista. Y lo mismo podría ocurrir también en España en los próximos años, a no ser que el partido socialista haga una autocrítica profunda de sus recientes políticas fiscales y económicas con propuestas distintas -y en ocasiones opuestas- a las que ha estado haciendo durante su mandato, recuperando su compromiso en reducir las desigualdades. Sin tales cambios tal partido permanecerá en la oposición por muchos años.

La creencia extendida entre sus dirigentes de que el electorado no quiere ni hablar de redistribución es empíricamente incorrecta. Todas las encuestas muestran que la gran mayoría de la ciudadanía (en la mayoría de países de la OCDE) cree que las desigualdades han crecido demasiado y el gobierno debería hacer algo para corregirlas (ver mi artículo en Público "Desigualdades y explotación", 27.10.11 en mi blog www.vnavarro.org). Incluso en EEUU, el 62% de la población cree que no es aceptable que la sociedad sea tan desigual.

La concentración de las rentas y de la propiedad han alcanzado unos niveles tan elevados, que las políticas redistributivas deberían estar encaminadas a disminuir tal concentración, transfiriendo recursos de una minoría a la gran mayoría de la población, revirtiendo el flujo de recursos que ha ido en dirección contraria –de la mayoría a la minoría- durante estos últimos años de dominio neoliberal. La minoría se refiere a estas medidas redistributivas como una llamada a la "lucha de clases", deliberadamente ignorando que ellos han protagonizado una lucha de clases que, como bien dijo recientemente Warren Buffet, uno de los ricos más superricos del mundo, han ganado en bases diarias durante estos años. Como señala Noam Chomsky en su introducción al libro que Juan Torres, Alberto Garzón y yo hemos escrito (Hay alternativas) la plutocracia que dirige la vida económica y financiera de los países nunca habla de lucha de clases. En realidad, odia este término. Solo cuando la mayoría se rebela contra la minoría, ésta última habla de lucha de clases, quejándose de que esta lucha deje de ser unilateral y se convierta en bilateral, cuando la mayoría se rebela frente a tal dominio y sus consecuencias.

A no ser que la socialdemocracia recupere sus raíces, comprometiéndose a defender los intereses de las mayorías frente a los intereses de las minorías, la socialdemocracia pasará a ser partidos minoritarios lo cual será una enorme pérdida para el desarrollo de una Europa más justa, más solidaria, y más democrática de lo que es ahora.

Artículo publicado en El Plural.
www.vnavarro.org

TAMPOCO ES PAÍS PARA JÓVENES

(Blog de Jordi Sevilla, 03/11/2011)

Me gustaría conocer la opinión de los candidatos a la Presidencia del Gobierno sobre el movimiento 15-M. Al principio, mucha gente lo intentó asimilar a movidas juveniles precedentes como las contraculturales, el hipismo, los altermundistas o mayo de 1968. Pero como tuvimos ocasión de analizar el pasado fin de semana en las Tertulias anuales Hispano Británicas, en Cardiff, seguramente tiene algo de todos ellos, pero se trata de una cosa diferente, con identidad específica todavía por determinar con certeza.

Tampoco deberíamos pensar que se trata, solo o fundamentalmente, de una reacción normal a la compleja situación económica por la que atravesamos y que golpea, de manera decisiva, a los jóvenes. Es cierto que la elevada tasa de paro mediante la que se manifiesta esta larga crisis, se incrementa entre el segmento de edad de los menores de 25 años. De acuerdo con Eurostat, la media de paro juvenil duplica, con un 21% en la Unión Europea, a la de adultos, con picos elevadísimos como el 41% de España, todo ello, a pesar de ser la generación mejor formada de la historia reciente del continente.

Si esa fuera la única explicación, no se entendería el inmenso caudal de simpatía que ha despertado el movimiento en todos los segmentos de la sociedad hasta el punto de que algunos estudios determinan que más del 70% de los encuestados, de todas las edades, consideran que "los indignados" tienen razón en las cosas por las que protestan, más de la mitad desearían que continuara el movimiento, a pesar de que el 73% dice que sus actuaciones no van a tener ninguna influencia en las preferencias de voto.

En realidad, parecería que las acampadas, las asambleas y la reivindicación práctica de otra forma de hacer las cosas, han sido la punta de un iceberg que representaría un elevado malestar social generalizado. Se podría decir que las acciones del 15-M han ejercido la función de ese niño que, en el cuento, señala lo que todos ven pero nadie se atreve a decir: que el Rey está desnudo. Y lo han hecho en, al menos, dos cuestiones esenciales que nos afectan a todos.

En primer lugar, han evidenciado las promesas incumplidas de una sociedad basada en el crecimiento, supuestamente ilimitado, un esquema de bienestar en permanente ampliación y unas oportunidades abiertas al desarrollo pleno de las capacidades individuales. Por el contrario, los jóvenes y los que ya hace tiempo que lo fueron, confrontamos recesiones económicas cíclicas, límites al desarrollo en forma de efectos externos negativos, como la acumulación de residuos o el calentamiento global; crisis fiscales del Estado que obligan a recortes recurrentes en las políticas sociales y unas ofertas laborales que, desde su precariedad, difícilmente permiten la realización de proyectos de vida personal o, incluso, proporcionar una independencia mínima.

Las protestas tendrían que ver, pues, con la frustración ante unas expectativas no cumplidas. Ello las diferencia de forma radical de los movimientos asociados a mayo de 1968, donde los jóvenes manifestaban su rechazo ante las posibilidades ofrecidas entonces, ya que no querían vivir como sus padres, sino de acuerdo a valores y principios muy distintos. Ahora, sin embargo, no quieren vivir peor que sus padres ya que temen que no será posible hacerlo igual, ni desde el punto de vista cualitativo, ni cuantitativo. No es que nuestros jóvenes sean más acomodados o tengan mayor aversión al riesgo que antes, sino que les hemos prometido cosas que se han creído y, ahora, no somos capaces de cumplirlo.

La crisis evidencia la elevada relación que tiene nuestro estilo de vida de un consumismo convertido tanto en elemento de realización permanente de beneficios para las empresas, como en instrumento de consecución de satisfacciones para los consumidores. Sin embargo, la forma desigual del reparto primario de renta deja a millones de trabajadores sin posibilidades de acceder a esos niveles de consumo a que incita la publicidad y el sistema en su conjunto. Entonces, se recurre al endeudamiento desaforado hasta generar las burbujas especulativas que han estallado en forma de activos tóxicos secuenciales.

La sociedad que tenemos, no permite a una parte importante de ciudadanos acceder a los estilos de vida que se les presentan como ejemplares. Esta contradicción genera insatisfacción y, a veces, revueltas.

En segundo lugar, las protestas han evidenciado las tremendas dificultades existentes para modificar, a partir de la política y de las instituciones democráticas, ese estado de cosas. Las críticas al sistema de partidos señalan la existencia de un bloqueo que hace, casi imposible, que las cosas cambien, en el sentido deseado por los ciudadanos. Así, la actividad política ya no se percibe como una profesión dedicada a resolver problemas reales de la gente, sino como algo finalista y endogámico que prioriza el interés de partido frente al general. De ahí surge una desconexión entre electores y elegidos, los gritos de "no nos representan" y las ensoñaciones respecto a la democracia directa.

Con todo ello, el movimiento rompe con el tópico de unos jóvenes indiferentes frente a "la cosa pública" a la vez que plantea problemas transversales en el sentido más amplio del concepto: de edad, condición social e incluso adscripción ideológica. Y plantea un auténtico reto a los responsables políticos que son criticados por el tipo de sociedad que han permitido construir, por limitar las opciones de participación apenas al voto cada cuatro años y por actuar sin tener en cuenta las profundas desafecciones que generan con su modo de hacer entre aquellos a quienes deberían representar. Pero, por otra parte, plantean un desafío profundo sobre la realidad económica existente, postulando una transformación que solo se puede hacer desde la política y por procedimientos democráticos.

Las dos realidades objeto de denuncia por parte del movimiento 15-m apuntan al corazón de nuestro sistema económico y político actual, mostrando cualquier cosa menos una actitud de resignación: exigen cambiar cosas que no pueden seguir así. Y de eso trata, precisamente, o debería de tratar, una campaña electoral. Pero los candidatos parecen no darse por aludidos. ¿Y ustedes?