ES TIEMPO DE REINICIAR LA DEMOCRACIA



Reyes Montiel
 
Llevamos tiempo hablando de que hemos superado los límites de la democracia representativa, de que el desarrollo –sobre todo tecnológico– nos posibilita a los ciudadanos un acercamiento distinto a los asuntos públicos que nos permite implicarnos de manera directa. Llevamos tiempo hablando de que necesitamos ya instituciones más abiertas y que las organizaciones políticas, los partidos políticos no tienen por qué tener la exclusividad o el monopolio de la interlocución con los ciudadanos.

En esa idea, que ya parece descartada, de que siempre vamos hacia delante, de que todo evoluciona, los argumentos para exigir más democracia, tal y como se ha gritado y reivindicado en las plazas desde hace dos años ya, apuntaban las razones de la necesidad de un proceso constituyente: nuestra Constitución daba ya la foto fija de una sociedad española que había cambiado y mucho, no sólo no resolvía algunos problemas que seguimos teniendo sino que a veces era un obstáculo para anhelos de los ciudadanos de hoy: un sistema electoral más justo, una nueva reformulación de los referendos, de las ILP...

Y sin embargo, en los últimos tiempos, no es que estemos dando pasos hacia atrás, el sistema es el mismo, pero cada vez tenemos menos derechos. Podemos seguir votando y votando siempre que huyamos de los estrafalarios, siempre que no nos importe que nos tomen el pelo, siempre que nos permitamos sin sonrojarnos tener un presidente que presume de no cumplir su programa pero cumplir su deber que no es otro que mantenerse él y su casta, la del Gobierno y la de la oposición, la de la monarquía, la de los bancos, la de la corrupción, la del dinero B. Como decía, no es que vayamos hacia atrás, es que ya no aguantamos más. Queremos otra cosa, cambiar, reiniciar.

Por ello, somos cada mía más (mayoría silenciosa y ruidosa) los que decimos: lo sentimos, señores y señoras, ya no funciona la coartada de la "estabilidad" con nosotros. Estabilidad es seguridad y bienestar, la de todos y todas, no la suya. Es momento de dar un paso porque hace ya mucho tiempo que los ciudadanos pensamos que son ustedes parte del problema y no de la solución.

Y tranquilos, ni "populismos ni generales": DEMOCRACIA. Más democracia para salir de esta crisis. Y más política también. Una política alejada de los argumentarios, de los comités ejecutivos. Una POLÍTICA en la que no quepan afirmaciones como "no podemos hacer otra cosa" mientras se ocupa un sillón o se reza a la Virgen del Rocío.
Vamos a hacer las cosas bien y de distinta forma. Porque Sí se puede.

La segunda transición, la de la ciudadanía, llama a nuestra puerta. Muchos no querrán verlo, pero ahí está. Es nuestro momento. Islandia nos marcó el camino: referéndum, elecciones constituyentes y una nueva Constitución en la que se reflejen los nuevos derechos y una nueva forma de entender la democracia, la economía, la participación... La POLÍTICA.

Desde EQUO hemos puesto nuestro granito de arena con la aprobación de un manifiesto para 'Reiniciar la Democracia' que plantea precisamente la necesidad de un nuevo paradigma porque las democracias tienen que representar los intereses de la mayoría y respetar las minorías y porque, frente a las tentaciones de gobiernos tecnócratas al servicio de los intereses de banqueros y especuladores, queremos un cambio real profundo, con las voces y la participación de la ciudadanía.

AMNISTÍA INTERNACIONAL, GREENPEACE E INTERMÓN OXFAM PRESENTAN UN DECÁLOGO DE MEDIDAS CONTRA LA CRISIS

(Periodismohumano, 18/02/2013)


 

"Es tiempo de abrir un debate y adoptar medidas que deberían llevarnos hacia un futuro mejor, sostenible y esperanzador. Con las actuales políticas emprendidas por el gobierno vamos camino de conseguir un país más pobre, más injusto y más inestable", afirman Esteban Beltrán, Mario Rodríguez y José María Vera (directores de Amnistía Internacional, Greenpeace e Intermón Oxfam respectivamente) en una carta abierta dirigida al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y a los grupos parlamentarios en vísperas del debate del Estado de la Nación, que se celebrará los próximos días 20 y 21 de febrero de 2013.

Las tres organizaciones han elaborado un decálogo de medidas urgentes contra la crisis, en el que piden un cambio de rumbo con respecto a las políticas emprendidas por el gobierno. Amnistía Internacional, Greenpeace e Intermón Oxfam exigen mayor protección de los derechos de las personas, priorizando a los colectivos más vulnerables; una reorientación del modelo energético para favorecer la creación de empleo y la sostenibilidad; y un cambio en la política fiscal y económica que contribuya a crear una sociedad más equitativa y justa.

El “mantra” de la austeridad ha significado mayor desprotección para las personas que pertenecen a colectivos más vulnerables, como inmigrantes en situación administrativa irregular o personas con menos recursos; y, dentro de estos, las mujeres.

Entre otras causas, las medidas adoptadas por el gobierno han provocado que casi dos millones de familias españolas no tengan ningún ingreso y que una de cada cuatro viva en la pobreza o en condiciones de exclusión social.


Al mismo tiempo, se ha violado el derecho internacional adoptando medidas regresivas en el ámbito del acceso al derecho a la salud, se ha mermado la calidad de la educación debilitando el sector público de la misma y se ha producido una enorme degradación del medio ambiente.

“Es imperativo combatir la desigualdad con un modelo más justo y equitativo, que permita recaudar con justicia, blindar las políticas sociales y fortalecer la democracia con transparencia. Es inaudito que, mientras se piden sacrificios más allá de lo posible a las familias, el 85% de las empresas del Ibex 35 tengan presencia en paraísos fiscales y que la evasión fiscal alcance los 90.000 millones de euros. La lucha contra la evasión fiscal debe ser una prioridad ineludible, más efectiva que los recortes o la subida de impuestos”, afirma José María Vera.


La carta abierta que hacen pública las organizaciones pide que no haya más violaciones de derechos humanos. Para ello, debe modificarse el Real Decreto Ley 16/2012 que limita el acceso a personas migrantes en situación administrativa irregular al derecho a la salud, suspenderse de manera inmediata los desalojos forzosos y una legislación que los prohíba expresamente, tal y como reconocen las normas internacionales ratificadas por España.

“Las autoridades deben adoptar medidas urgentes que pongan freno a la indefensión que sufren cientos de miles de personas. Deben paralizarse los desalojos forzosos hasta que las personas afectadas no cuenten con recursos judiciales efectivos que les permitan defender sus derechos. Además, es fundamental que se reconozca el derecho a una vivienda adecuada, como lo que es, un derecho humano. Igualmente, no es admisible que algunas personas que se han manifestado pacíficamente hayan sido objeto de un uso excesivo de la fuerza por parte de miembros de las fuerzas de seguridad, ni que estos abusos permanezcan ocultos bajo un manto de impunidad sin que se investigue ni se castigue a los culpables” , asegura Esteban Beltrán.

Un modelo energético basado 100% en las renovables daría mejores servicios, más empleo y acabaría con la dependencia energética y las emisiones de CO2, ahorrando más de 200.000 millones de euros al año. Por ello, el decálogo de medidas presentado por las ONG pide al presidente -y a los grupos políticos con representación parlamentaria- un cambio en el actual modelo energético, dominado por las grandes empresas, que agrava la crisis no sólo por la importación de combustibles, sino por sus efectos sobre el cambio climático o el riesgo nuclear.

“No se puede utilizar esta crisis como excusa para destruir el medio ambiente. La gestión sostenible de los recursos naturales y la apuesta por energías renovables no es un gasto sino una inversión, que podría generar miles de empleos a la vez que evitamos dejar una deuda a las generaciones futuras en términos de cambio climático, contaminación o pérdida de biodiversidad”, ha declarado Mario Rodríguez.

La carta abierta recuerda también la necesidad de luchar contra la pobreza como una obligación para cumplir con nuestros compromisos internacionales y que ha sido ampliamente respaldada por la ciudadanía, pero cuya financiación ha sufrido recortes de un 70% de su presupuesto en los dos últimos años y del 90% en lo relativo a la ayuda humanitaria.


Por último, los directores de las ONG afirman que la época de crisis no puede ser una excusa para relajar los controles sobre el comercio de armas. En casos como el de la posible venta de carros de combate Leopard a Arabia Saudí -asunto del que trató el Ministro de Defensa, Pedro Moranés, en su reciente visita a Riad- deberían adoptarse todas las garantías necesarias de que no serán usados para cometer violaciones de derechos humanos. El oscuro historial de derechos humanos de Arabia Saudí despierta el temor de las organizaciones.

¿EL MIEDO VA A CAMBIAR DE BANDO?

(Eldiario.es, 15/02/2013)


Isaac Rosa – Comité de Apoyo de ATTAC España

Lo dijo Alfon, el joven vallecano detenido y encarcelado dos meses en régimen FIES por su participación en la huelga general. Lo advirtió a la salida de la cárcel: "El miedo va a cambiar de bando". Lo cantan también Los Chikos del Maíz y Habeas Corpus: "El miedo va a cambiar de bando". Y en terrenos más integrados, lo decía también Izquierda Unida en un vídeo contundente hace unos meses: "La crisis acabará cuando el miedo cambie de bando".

Es un lugar común, cada vez más repetido: los trabajadores vamos perdiendo por goleada este último asalto de la lucha de clases que hemos dado en llamar crisis; y lo vamos perdiendo por culpa de ese desigual reparto del miedo: todo para nosotros, nada para ellos.
Que a este lado hay miedo, es obvio: miedo a que te despidan, a que te echen de tu casa, a hundirte en la miseria, a perderlo todo y aun seguir debiendo. Y algo más arriba, en la frágil clase media, miedo a descender, a perder un nivel de vida y un bienestar que parecía ya consolidado, miedo al futuro, a qué será de nosotros y de nuestros hijos.

El miedo no suele ser un agente revolucionario, con pocas excepciones (se me ocurre el Gran Miedo francés de 1789, que provocó revueltas y aceleró la abolición del feudalismo). Por lo general las revoluciones son posibles cuando el miedo al presente es mayor que el habitual miedo a cambiarlo todo de golpe y entrar en terra incognita. Si el proletariado fue alguna vez un sujeto revolucionario lo fue más bien por su falta de miedo, por no tener ya nada que perder.

Hoy sin embargo, como recuerda Zizek (Primero como tragedia, después como farsa), "lo que nos une es que, al contrario de la imagen clásica del proletariado, que 'no tiene nada que perder, excepto sus cadenas', nosotros estamos en peligro de perderlo todo". Y esa es otra garantía antirrevolucionaria hoy: que todavía tenemos más miedo al cambio que a la crisis. Conservar lo que todavía tenemos, antes que buscar algo mejor. Lo malo conocido, lo bueno por conocer. Entre otras cosas, porque en el fondo la mayoría seguimos fantaseando con que la salida de la crisis será un regreso a la casilla inicial, como despertar de una pesadilla. Es el deseo dominante, todavía: no ser otros, sino volver a ser los que un día fuimos. No aceptamos que aquellos, como las oscuras golondrinas, no volverán.

Pero retomemos la idea inicial, esa de "el miedo va a cambiar de bando": si aceptamos que esto va a seguir igual o peor mientras el miedo no se reparta, la pregunta es: ¿cómo lo repartimos? ¿Qué hace falta para que los beneficiarios y administradores de la crisis -la alta burguesía, los grandes empresarios y propietarios, el poder financiero y la clase política dirigente- tengan miedo, sientan esta vulnerabilidad nuestra? ¿Cómo asustar a quienes no solo no están en peligro de perderlo todo, sino que tienen en su mano ganarlo todo?

¿De qué tiene miedo un banquero, un gran propietario, un gran accionista, un dirigente de la patronal, un titular de una SICAV, un consejero delegado (sí, parecen figuritas de un Belén, pero así hemos convenido en retratar al otro bando)? ¿Tienen miedo de nosotros, de nuestras huelgas, manifestaciones, desobediencias, firmas? Hasta ahora, más bien poco, reconozcámoslo. El tradicional miedo a las masas (que arrojaba a la burguesía en brazos del fascismo) no parece hoy impresionarles tanto.

¿Y la clase política dirigente? ¿De qué puede tener miedo un ministro, un comisario europeo, un diputado, un alcalde, un gobernador del Banco de España, una delegada del Gobierno? En democracia, la respuesta debería ser: miedo a los gobernados, miedo al pueblo soberano, miedo a ser censurados, cesados, apartados del cargo; miedo a no ser reelegidos, a ser derrotados en las próximas elecciones. Y en una estafa como la actual, además, miedo a ser investigados, acusados, juzgados, condenados, encarcelados.

Sin embargo, en España la alta política es un deporte de bajo riesgo y que además se practica con red. Para empezar, cada vez más miembros de la clase política pertenecen a la clase alta en términos económicos, al menos eso dicen sus declaraciones de bienes. Pero además, entre ellos el riesgo de caída es pequeño, y la posibilidad de llegar al suelo es escasa. El cesado o dimitido es inmediatamente recolocado en otro puesto, o acomodado en uno de los muchos cementerios de elefantes; el derrotado es bien pagado por la empresa privada en algún consejo de administración; el imputado sigue contando con el favor del partido; el investigado se beneficia de una justicia lenta y cruzada de intereses y complicidades, que facilita prescripciones, archivos y absoluciones; y el condenado es sistemáticamente indultado, como última red de seguridad para que nadie se haga daño en caso de que todo lo anterior falle.

Arriba no hay miedo, porque hay poco riesgo de caída. Entre la clase propietaria y la clase política dirigente, en el seno de ambas y en cada una respecto a la otra, funcionan mecanismos de protección y rescate muy fuertes. Llamémoslo por su nombre: solidaridad. Sí, suena raro, parece impropio, pero en la clase alta opera una poderosa solidaridad de clase. Sus miembros son solidarios con su clase, defendiendo sus intereses; y su clase es solidaria con cada uno de sus miembros, no los deja caer. Duele decirlo, pero durante los últimos años la solidaridad de clase, esa que flaqueaba entre los trabajadores, brillaba con fuerza en los pisos de arriba. Los revolucionarios del final del siglo XX fueron los neoliberales, y para su revolución no descuidaron uno de sus pilares esenciales, sin el cual no hay revolución posible: la solidaridad de clase.

Que el miedo cambie de bando, que los de arriba sientan el miedo que hoy sentimos nosotros, no parece fácil por esa red de seguridad que han tejido, tupida por intereses cruzados, objetivos comunes, complicidades. Se me ocurre que sería más sencillo dejar de tener miedo nosotros. Como vasos comunicantes, cuanto menos tengamos nosotros, más tendrán ellos. Y para eso, hay que reconstruir por abajo nuestras propias redes de seguridad, nuestras propias formas de cuidarnos, de sujetarnos, de rescatarnos; hasta que sean tan fuertes como las suyas. Nuestra solidaridad de clase.

ELOGIO DE LA SOCIEDAD CIVIL



Javier Gallego
 
No todo son fracasos ni decepciones. Esta semana hemos cosechado una victoria que muchos compartimos, el éxito de la iniciativa popular de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca aceptada a trámite en la Cámara Legislativa. Es un éxito enorme, uno de los más grandes aunque no el único, ni mucho menos definitivo, pero sí muy esperanzador, de una forma de hacer política que se está extendiendo y contagiando. Es el éxito de la constancia, voluntad y capacidad de movilización de la sociedad civil.

Repitamos esas dos palabras, sociedad civil, porque de ellas depende nuestro presente y futuro. De ellas ha dependido siempre pero la mayor parte lo habíamos aparcado en la cómoda apatía del bienestar. El malestar nos ha hecho volver a ella. Estamos perdiendo mucho de lo que habíamos ganado pero hemos recuperado un pilar fundamental de la democracia que habíamos perdido como colectivo: la sociedad civil. No me cansaré de repetir esas palabras.

La sociedad civil es el arma más poderosa que tiene la ciudadanía. El ciudadano que, en estos tiempos, se siente indefenso y hasta ridículo con el voto arrugado en la mano como si fuera un manojo de flores marchitas para una cita con una democracia que no se presenta, se está reencontrando a sí mismo como ciudadano a través de la forma colectiva de hacer política. Está recuperando el terreno que ha cedido a la política de salón por haber quedado demasiado tiempo en el salón de su casa viendo la televisión.

Hemos dejado que los que partidos se apropien en exclusividad de la política pero cuando hemos visto que la estaban desgraciando, hemos empezado a reclamar que nos devuelvan el sitio que nos corresponde. Políticos somos todos. Política tenemos que hacer todos. La política tenemos que hacerla entre todos. Y los que no se sumen, tendrán menos voz y menos voto. Su voto valdrá lo mismo en las urnas pero pesará menos en el recuento diario de la política. Los que voten sin participar podrán alzar al poder a sus inmóviles partidos pero verán como una oleada les pasa cada día por encima y les ahoga o les arrastra. Veremos.

Lo hemos visto esta semana con la clase política, arrastrada por la oleada de la sociedad civil que les arrincona y atemoriza. El poder teme a la sociedad civil porque sabe que es el único contrapoder que le puede hacer frente durante esos cuatros años entre elecciones en los que se mueve a sus anchas. En esos periodos solo tiene que lidiar con la opinión pública que puede ser incómoda, incluso molesta, pero raramente inquietante o peligrosa.

Y mucho menos en nuestro país, donde la opinión pública está parcial y tristemente desactivada por una parte del periodismo que la manipula y utiliza como una forma de propaganda de la mafia a la que pertenece y parapeta. Por eso es tan importante que la sociedad civil traslade el debate y la acción a otro campo de batalla, el de la calle y el de las redes, las redes sociales y las redes de barrio, distrito y organización regional o nacional. Ahí la opinión pública es menos controlable y más infecciosa. Ahí la opinión pública se transforma en sociedad civil.

Eso está ocurriendo ahora en nuestro país: la opinión pública se ha puesto en movimiento y el político de salón tiene miedo. El miedo está cambiando de bando. El síntoma más claro es que la casta política hace todo lo posible por desacreditar a la sociedad civil. La llama, paradójicamente, incivil, incivilizada, violenta, antisistema. La acusa de acosarles, de no dejarles hacer política, como si la política fuese monopolio exclusivo del político. No, señores. Hoy en día la política la está haciendo la sociedad civil. Ustedes están a otra cosa, tapando agujeros y mentiras, atornillando sus butacones al suelo y pactando sus pensiones vitalicias y contratos con sus amigos empresarios. Ustedes están secuestrando la Casa de todos para hablar con su amigo el del Banco Central Europeo. La política no está en el Congreso, lo siento. La política hoy la están haciendo los ciudadanos a las puertas del Parlamento.  

El enemigo de la sociedad civil no está solo en ese político que se parapeta tras los muros de la Cámara. Está también en la propia sociedad, en aquellos que no respeta en bien común y no actúan como ciudadanos responsables. Contra estos también debe movilizarse la sociedad civil. Hay que dejarle de reírle las gracias al que roba o quiere cobrar en negro o te cuenta el chanchullo para escaquearse del curro o de la Hacienda de todos. Hay que señalar a ese como la sociedad civil ha decidido señalar al político corrupto y al político que no atiende a sus demandas. Hay que conseguir que unos y otros desaparezcan.

Yo soy optimista. Veo cómo se derrumban los monolitos de la política más caciquil, podridos por la corrupción, el servilismo y codicia. Y mientras ello se derrumban, una parte de la sociedad, la que se interesa incluso por los que no se interesan por nada, se está alzando, se está levantando, se está moviendo y está actuando.

Soy muy pero que muy optimista. Aunque estamos perdiendo mucho y aunque algunos lo están perdiendo todo hasta la esperanza, yo estoy convencido de que vamos hacia un país mejor. Peor es casi imposible por otro lado. Pero vamos hacia un país con mejores ciudadanos. Mejores ciudadanos hacen mejor democracia, mejor sociedad y mejor país. Hay mucha gente que me demuestra que podemos hacerlo. Sí se puede.

EL LIDERAZGO QUE NECESITA EL PSOE

(Sistema digital, 14/2/2013)

José Félix Tezanos
En dos artículos anteriores he intentado analizar las consecuencias del espectacular declive e incluso del riesgo de colapso del PP y en paralelo las posibilidades que se le abren nuevamente al PSOE para organizar y vertebrar la esperanza –la salida que ahora se necesita- en la sociedad española. En cierta medida, ahora es como si todos los focos apuntaran al PSOE y se estuviera a la expectativa para ver si este partido puede dar la talla y desempeñar nuevamente el papel protagonista que podría y debería cumplir. Pero que no es seguro que pueda desempeñar de inmediato, debido al desgaste sufrido en los dos últimos años del Gobierno de Zapatero y a la exacerbación de las corrientes de la antipolítica.
Los más nerviosos, fatalistas y agoreros no debieran perder de vista, no obstante, que el PSOE aún tiene potencialidades importantes; y, por lo tanto, no debe desaprovechar la demanda que existe para que alguien con posibilidades y competencias lidere el cambio que millones de españoles consideran acuciante.

En las circunstancias actuales, y ante el estado de opinión desconfiado y distante que se ha ido extendiendo, ¿qué tipo de liderazgo le convendría más al PSOE para recuperar la confianza y organizar la esperanza?

Los más frívolos y superficiales podrían decirnos –a veces dicen- que sería bueno contar con un líder joven y agraciado, con una sonrisa cautivadora y una gran capacidad de comunicación y empatía. Es decir, algo así como un galán de televisión. Y si además es mujer –añaden algunos- miel sobre hojuelas. A lo cual se une, en ocasiones, un nerviosismo extremo y casi obsesivo en la reclamación permanente de nuevos líderes.

Más allá del riesgo de transmitir una imagen de inestabilidad y de poca seriedad en un cuestionamiento permanente de los líderes elegidos, si nos atenemos al fondo de la cuestión, la verdad es que en circunstancias de crisis de credibilidad, de graves incertidumbres económicas y de notable erosión moral, cuesta trabajo saber si algunos hablan realmente en serio, o si aún viven sumergidos en una burbuja de champán. Las cosas han cambiado radicalmente y aún van a cambiar mucho más, y los que crean que todo se puede arreglar con un poco de ‘glamour’ y una sonrisa ‘profidén’, o bien están en las nubes, o bien son unos mercenarios al servicio de poderes e intereses que lo que realmente quieren son partidos débiles, anodinos, desprestigiados, inestables e intercambiables; hasta que el modelo establecido ya no aguante más.

Lo que se necesita ahora básicamente es generar confianza y seguridad en un proyecto alternativo, bien trabado y estudiado. Cuando las cosas van mal y arrecia el temporal, los ciudadanos quieren personas competentes, experimentadas y fiables al timón. Por lo tanto, si quisiéramos dibujar la imagen ideal de un liderazgo para el PSOE en estos momentos lo primero que habría que pensar es en un perfil de alta competencia, inteligencia, fiabilidad y rigor. A lo cual habría que unir una buena capacidad explicativa y pedagógica, porque los ciudadanos ahora no se fían a priori, sino que quieren entender y que se les explique bien lo que sucede y lo que se puede o no se puede hacer.

En conexión con lo anterior, el liderazgo que el PSOE necesita proyectar en estos momentos ha de caracterizarse por su capacidad de empatía con los sectores sociales que están sufriendo en mayor grado los afectos de la crisis, y por una voluntad resuelta de ser veraces y defender netamente los intereses y necesidades de estos sectores sociales. Lo cual supone un liderazgo con autonomía de los grandes grupos de interés económico y comunicacional. De ahí que el comportamiento de algunos de estos poderes pueda acabar siendo un buen test para comprobar –y anticipar- si este requisito se da o no se da.

Otro componente importante en la valoración del liderazgo que actualmente se necesita es la capacidad para formar e impulsar equipos competentes, lo más competentes y eficaces que resulte factible sin poner en riesgo el requisito imprescindible de la cohesión y la coherencia política. Algunos experimentos y ocurrencias del pasado han dejado a muchos electores bastante escaldados. Por eso va a ser necesario enfatizar debidamente este aspecto.

Finalmente –y aún sin agotar el tema- en las circunstancias actuales de desprestigio de la política y de alta sensibilización ante los problemas de corrupción, un partido que aspire a recuperar la confianza perdida y aglutinar a amplios sectores de opinión tiene que tener un líder de una honradez totalmente probada y contrastada, sin que existan dudas ni sombras sobre su verdadero propósito de realizar un servicio público, con altura de miras, con voluntad integradora y con suficiente autoridad (también a nivel interno del PSOE), en base a un proyecto de interés general.

Todo esto nos remite a un liderazgo político de primera división, a personas con verdadero fondo político, que no se pongan nerviosos, que no den bandazos ni se dejen llevar por la improvisación ni el espíritu de ocurrencia y que sean capaces de anteponer a sus filias y sus fobias el interés general y la necesidad de unir voluntades. Es decir, lo que se necesita ahora es ese tipo de liderazgo que se requiere para los momentos difíciles. Un liderazgo que tarde o temprano pueda acabar convenciendo y sumando voluntades. Y esto hoy en día no se hace con una sonrisa ‘profidén’, sino con un trabajo sereno, constante y metódico. Y, por supuesto, inteligente.
 

CUANDO PASE LA CRISIS



Rosa María Artal – Comité de Apoyo de ATTAC España

Rajoy ve signos de recuperación. Draghi, señales positivas porque las reformas están "en el buen camino". Rajoy se felicita por su propia labor y afirma que "la reforma laboral deja ver ya su efecto en la economía". El presidente del Banco Central Europeo alaba las medidas del colega y nos dice: "tendrán que reconocer el enorme progreso realizado por España". Mientras nos recuperamos del espasmo de escuchar eso sin anestesia, nos damos cuenta de que nosotros vivimos en un país diferente al que vive Rajoy y contempla Draghi. La mayoría solo vemos 6 millones de parados, 400.000 desahuciados, alzas de precios, merma de nuestras condiciones de vida y derechos, y las víctimas que ya está dejando esta recuperación tan estupenda. Un futuro muy negro por las "reformas" que –dicen los que mandan- es necesario realizar todavía. Un "plan creíble" define el italiano; 'el afán reformista ni se distrae, ni flaquea, ni se agota", precisa el gallego.

Hasta personas críticas con las políticas que siguen el PP y la UE dicen alguna vez: "Cuando pase la crisis"… Temen –más bien, esperan- que eso suceda a tiempo para que Rajoy revalide su cargo en las próximas elecciones. Es una característica humana soñar –aunque sea sin fundamento- en que el dolor y la penuria tienen un final… positivo. Creer – tener por cierto lo que no está comprobado ni demostrado- que las cosas cambian porque sí, sin intervención que enderece el rumbo erróneo. "Siempre ha sido así, todo termina por arreglarse". Sí, aún recordarían los ciudadanos del final de la Edad Media cómo sus lejanos antepasados de diez siglos antes esbozaron el mismo comentario que se transmitió de generación en generación.

El PP intenta con fruición pasar la página de los múltiples escándalos de corrupción. Su ejército de altos cargos y voceros mediáticos han logrado sembrar dudas. Y muchos ciudadanos "ecuánimes" están más atentos al "todos lo hacen" y "solo son indicios y no pruebas hasta que decida la justicia", que a las mil y una fumarolas que se escapan de una raíz podrida (presuntamente) que bulle en magma bajo los pies de todos. Así que toca sacar la zanahoria otra vez: la crisis se está terminando.

En el improbable caso de que así fuera a la vista de los datos (el BBVA acaba de "mejorar" hoy las previsiones para 2013 y nos da un -1,1%) ¿Cómo saldríamos los ciudadanos de la crisis? Bien claro dicen Rajoy y Draghi que una de las causas es que hemos ganado competitividad, al rebajar los costes laborales. En el país de los salarios más bajos de la UE 15 (junto a Portugal) se ha practicado una seria poda a los sueldos. Y además echamos a los jóvenes para que se busquen la vida fuera de España y bajen las cifras del paro. Pero hay mucho margen para lograr más "competitividad". Ahí tenemos las fábricas de APPLE en China –y muchas otras en muchos otros países- con semanas de 60 horas laborales por 220 euros al mes y empleo de niños. Pagándose ellos el dormitorio hacinado y la comida.¿No tenemos en España un gran margen para lograr esa "competitividad"?

Se reactivará el crédito, aseguran. Dice Draghi que España es el mayor receptor de fondos del BCE del que se lleva el 30% del total (ése que nos cobran a los ciudadanos en dinero o en especie). Y que como los bancos tiene "crédito ilimitado" al "precio oficial", ya pronto empezarán a surtir a empresas pequeñas y ciudadanos. El precio oficial es el 1%, ellos lo prestan a no menos del 5%, incluso a los Estados. Pero hay unos fondos y una deuda pública que aporta grandes rentabilidades si se quiere especular. Y, de momento, ahí estamos. ¿Por qué van a cambiar? ¿Por su demostrado altruismo? ¿Por su patriotismo acreditado quizás?

Ahora bien ¿quién consumirá? Parados precarios, empleados y pensionistas devaluados, ciudadanos todos ahogados por la brutal elevación del coste de la vida ¿Cómo habrá crecimiento si cada segundo somos más pobres? Las empresas se vuelcan en exportar a otros países, a nosotros ya no nos toca. Obama anuncia que va a reactivar el sector público en EEUU para crecer, nuestros jefes se espantan.

Aquí andamos en "el buen camino": mermar las condiciones de vida de la población en general en vistas a enriquecer más al selecto grupo para quien se gobierna. Y hacer pagar mucho más por menores servicios, como vengo diciendo y demuestran los hechos. Ni un solo país se ha recuperado con las recetas neoliberales, no lo han hecho quienes cuentan: los ciudadanos que son ahora mucho más pobres. Grecia, Portugal, Irlanda, Letonia…

Existe otro camino más. Islandia nos da una lección. Crece más que ninguno en Europa. Y ha logrado que la justicia falle a su favor y pagar a su criterio todo el daño que hicieron sus bancos. No pagar a ingleses y holandeses que buscaron rentabilidades desmesuradas sin mirar más, hasta que no vendan los activos del principal banco causante del desastre. Dos diferencias fundamentales nos separan. Allí es mayoría una ciudadanía real no lastrada por siglos de incultura y mojigatería. Aquí lo es la masa ameba, aunque estemos viendo una minoría crecientes de gran arrojo. Y otra fundamental: al ser poca población están mucho mejor comunicados para compartir información.

Hay quien cree al PP y a sus homólogos europeos. Hay quien cree que habrá una recuperación y que el Estado del Bienestar volverá con su lluvia de jamones de jabugo y langostas y largas vacaciones en la playa. O al menos con lo que había. ¿Qué más datos necesitan para ver lo que muestra, fehaciente, la realidad?
Cuando pase la crisis, si pasa, no pasará para ti.

DERECHO DE RESISTENCIA

(La utopía es posible, 13/02/2013)

El pueblo mismo está obligado a velar permanentemente por la democratización constante y sin paliativo
Antonio Aramayona - Profesor de filosofía
(Javier de Lucas y Mª José Añón, catedráticos de Filosofía del Derecho en la UV, son inspiradores de este artículo)
 
Imaginemos que el poder proviene del pueblo. Lo sé, a estas alturas es mucho imaginar, pero hagamos un esfuerzo. Imaginemos que la soberanía nacional reside en la voluntad de la ciudadanía, que se organiza socialmente en régimen de libertad, de justicia y de paz, y sobre la base de la dignidad intrínseca de los seres humanos y de los derechos iguales e inalienables de todas y cada una de las personas. Imaginemos ahora, lo sé, hoy ya cuesta poco imaginarlo, que algunos han decidido que los derechos fundamentales son pura filfa, no pertenecen a las personas y deben ser regulados y recortados según las necesidades económicas y de acuerdo con los intereses de una supuesta clase nacional y supranacional, que dicta y manda en el mundo y en cada país. La vivienda digna, por ejemplo, deja de ser un derecho, para quedar sujeta a los vaivenes del "libre mercado". O que el derecho al trabajo solo es regulado por el contrato único, los miniempleos, el despido libre y gratuito y la existencia de seis millones de parados. O que el gobierno asume, sin consultar al pueblo, que la deuda privada de los bancos y las grandes empresas es deuda soberana y del país entero, aunque apenas pueda pagar siquiera los intereses de dicha deuda, detrayendo todos esos gastos de las verdaderas necesidades de la gente. O que el gobernante trata a la educación y la sanidad como meras mercancías, rebajables a gusto de los intereses creados de la enseñanza privada y la sanidad privada.

Imaginemos ahora qué puede hacer un desempleado de larga duración que cobra mensualmente una prestación de 399 euros mensuales y tiene dos hijas en plena pubertad y adolescencia, respectivamente. O una persona anciana, privada de ayuda domiciliaria por recortes presupuestarios gubernamentales y cuya mayor preocupación en esos momentos es no morir sola, demasiado sola. O una madre que debe meter cada mañana en una fiambrera la comida de su hijo, alumno en una escuela de Primaria, que ya no tiene beca de comedor ni de material escolar. O el minusválido que ha de quedarse en casa por carecer del dinero que ahora le niega el Gobierno para disponer de una prótesis o una silla de ruedas. O una joven que, terminados sus estudios superiores, sobrevuela ya la treintena sin trabajo, sin otro currículum profesional que unos pocos contratos basura.

¿Qué pueden hacer, dime? ¿Qué puede hacer toda esa gente salvo rebelarse? Ya en 1789, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclama que "los hombres nacen y permanecen libres e iguales en cuanto a sus derechos" (a. 1) y que "la finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión" (a.2). Sobre esta base, es razonable concluir que los gobiernos y las instituciones públicas que no se ocupen realmente de conservar los derechos cívicos, laborales, sociales, económicos y políticos de la ciudadanía pueden ser considerados ilegítimos. En otras palabras, la verdadera legitimidad de los gobiernos no descansa solo en obtener cada cuatro años un respaldo popular en las urnas, sino principalmente en la realización efectiva de los derechos ciudadanos, en todas sus vertientes, generalmente expuestos en los a menudo mendaces programas electorales de los partidos gobernantes.

El artículo 28 de la Declaración Universal de los Derecho Humanos de la ONU reconoce que "toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades (-) se hagan plenamente efectivos". La reivindicación de estos derechos conlleva necesariamente el derecho a oponerse a cualquier autoridad e institución que atente contra los mismos. En otras palabras, los derechos humanos no son completos si no están acompañados del derecho a resistir activa y pasivamente frente a quienes, de hecho, los conculquen o los nieguen. Pues bien, el derecho de resistencia equivale en determinados momentos al deber de resistir. No hay democracia sin el pueblo (demos), por lo que el pueblo mismo está obligado a velar permanentemente por la democratización constante y sin paliativos de la propia democracia (valga la redundancia) o, dicho de otro modo, por redemocratizar sin descanso la democracia misma.

El derecho de resistencia es también derecho de desobedecer, de llevar a tribunales de garantía al gobernante que da la espalda a los derechos de la ciudadanía, de impugnar la legitimidad del poder corrupto, incompetente o abusivo, de ejercer abiertamente el disenso y la crítica. En resumidas cuentas, el derecho de resistencia es una obligación moral de la ciudadanía que se sabe responsable del bienestar real y sostenible de sus conciudadanos y de las generaciones futuras.

HAY COMIDA PARA TODOS SI...

(3500 Millones, 13/02/2013)


Alex Prats (@alexpratstweets)

Enough-food-for-everyone-if

Esta noche, una de cada ocho personas se irá a dormir con el estómago vacío.  En África, la situación es aún peor: prácticamente una de cada cuatro personas pasa hambre durante largos períodos de tiempo. El hambre azota de forma especialmente dura a niños y niñas: 2,3 millones de niños y niñas mueren cada año como consecuencia directa de la desnutrición.

Y, sin embargo, producimos comida suficiente para alimentar a toda la población mundial. ¿No es un escándalo que alrededor de 870 millones de hombres, mujeres y niños no logren vivir una vida digna por falta de alimento?

Estas cuatro propuestas que plantean más de 100 organizaciones británicas en su campaña 'Enough food for everyone IF' ('suficiente comida para todos SI', en @EnoughFoodIF) quizás no logren erradicar el hambre, pero sí supondrían el principio del fin del problema.
 
Uno: aumentar la ayuda destinada al desarrollo de la agricultura. El Banco Mundial estima que el crecimiento del sector agrícola es tres veces más efectivo en la reducción de la pobreza que el crecimiento en otros sectores, especialmente en áreas rurales. Es crítico favorecer la adaptación de los pequeños agricultores al cambio climático.
Dos: las tierras fértiles se deben utilizar para producir alimentos, en lugar de biocombustibles para nuestros vehículos. Cada seis días, inversores extranjeros adquieren en los países en desarrollo tierras con una superficie total equivalente a la ciudad de Londres. En los últimos años, el 58% de la tierra adquirida por inversores se ha destinado a la producción de biocombustibles destinados a los países ricos.

Tres: las empresas multinacionales que operan en los países en desarrollo deben pagar a los gobiernos los impuestos que les corresponden. De acuerdo con la OCDE, los países pobres pierden cada año por culpa del fraude y los paraísos fiscales el triple de la cantidad que recibe en ayuda. Según Christian Aid, los países en vías de desarrollo podrían perder hasta 160.000 millones de dólares cada año por culpa de la evasión y elusión fiscal de las multinacionales. 

Este video, por ejemplo, muestra cómo la evasión fiscal por parte de la empresa Associated British Foods perpetúa la pobreza en Zambia.
 
 
Cuatro: debe aumentar la transparencia, tanto de las intervenciones de los gobiernos en la lucha contra el hambre (por ejemplo, del presupuesto y gasto para desarrollo del sector agrícola), como de las empresas que operan en el sector de la alimentación. En la actualidad, el 90% de los granos básicos son comercializados por tan solo 5 empresas multinacionales. El poder que estas empresas ejercen sobre la producción y comercialización de alimentos es una amenaza constante para millones de personas. 
 
Años atrás, los principales líderes mundiales se propusieron reducir el hambre a la mitad en 2015. Cuando estamos ya cerca de la fecha establecida, todo parece indicar que ni tan sólo nos acercaremos al objetivo. En África, de hecho, se ha pasado de 175 millones de personas desnutridas en 1990 (un 27.3% de la población) a 239 millones en 2012 (un 22.9% de la población). Lo cierto es que hay promesas. También ideas, como demuestra esta nueva campaña. Pero falta lo más importante: voluntad política.

Si quieres unirte a la campaña y pedir al  G8, liderado en 2013 por el Reino Unido, que tome medidas para llevar a cabo estas cuatro propuestas contra el hambre, puedes hacerlo en http://www.enoughfoodif.org.

JÓVENES INDIGNADOS: POLITIZARSE O SUCUMBIR

(El Huffington Post, 12/02/2013)


Carlos Carnicero Urabayen

La previsibilidad es la peor enemiga de la política. La previsible corrupción, su demonio. Los discursos huecos, reiterativos, planos, que ya no sorprenden ni al más militante, son el mayor espantador de la política. El divorcio entre lo prometido y realizado, un peligroso fraude a la democracia representativa, se encarga de hacer el resto.

Inspira mucho más quien se pasa a veces de frenada que quien calcula al milímetro sus palabras para no perjudicar sus intereses. La izquierda está moribunda entre otras razones porque se habla con demasiada cautela en los círculos internos de los partidos. Los cuadros de los cuadros siempre miden, calculan, sopesan y al final terminan por poner tantas capas a su corazón que ya no se sabe si está a la izquierda o a la derecha. La moderación casi siempre responde a intereses y no a la complejidad de los problemas. Por eso no me ha extrañado que el discurso de Beatriz Talegón haya revolucionado las redes sociales y sembrado un poco de esperanza: ¡quedan indignados en la política!
 

Los jóvenes españoles detestan esta política pero la necesitan más que nunca. Los españoles indignados han protagonizado unas movilizaciones de éxito mediático mundial. Nadie les podrá recriminar al 15M, plataformas anti-desahucio y demás movimientos de protesta que no fueran los primeros en denunciar de manera rotunda la decadencia democrática que nos devora el ánimo cada día. Quienes protestan cuando la democracia pierde sus esencias son los mejores aliados del sistema, no su enemigo.

Pero el éxito en la calle corre el riesgo de confundir y desorientar a los jóvenes. La exigencia ética de la protesta no debe ocultar la necesidad de recurrir a la política para cambiar las cosas. La protesta sacude las conciencias y alerta a las instituciones; produce sensación de emergencia. Pero no cambia por sí sola la realidad más indignante. El compromiso político es uno de los valores más solidos de la democracia. Pero necesita cauces limpios que le permitan sobrevivir y desarrollarse.

Los jóvenes españoles han vivido demasiado tiempo de espaldas a la política y ahora la necesitan. Están huérfanos institucionalmente porque no confían y no participan en los "canales oficiales" de representación. La prosperidad económica en España generó una suerte de confort intelectual que anestesió las conciencias, siempre bajo la sombra de unos padres que vivieron el franquismo, un demonio sistémico contra el que identificar los males era fácil y además estaba justificado. 

La terrible crisis moral, económica, política y social que sacude España les ha empujado al abismo: o les lleva al paro, o les expulsa al extranjero para buscar trabajo o sencillamente les brinda el espectáculo nacional de la corrupción y la impunidad. ¿Puede haber más motivos para organizar la rebeldía?

Esta es la realidad: O se politizan, o los jóvenes no podrán cambiar la realidad que más les indigna. ¿Que los partidos políticos están gobernados por unas élites, a menudo mediocres? ¡Que se abran paso a codazos o creen partidos nuevos! Su suerte y la del país está en juego.

¿CÓMO RECONSTRUIR EL FUTURO?



Este es el título de la editorial de "El País" del domingo, 10 de febrero de 2013. Es muy de agradecer que proponga las reformas y acuerdos que podrían "defender la democracia y el progreso económico". Cuando en España estamos actuando servilmente a las órdenes de una Europa sometida a su vez al "gran dominio" mundial (financiero, militar, energético y mediático) en los últimos coletazos de una crisis sistémica de extraordinaria envergadura, hay que reconocer la oportunidad de que "El País" exponga unas medidas e iniciativas que podrían representar el principio del fin de esta debacle en la que nos hallamos inmersos. 

Los diez puntos son: 
 1) Ley de Partidos. 
 2)  Ley electoral. 
 3)  Reforma de la Administración. 
 4)  Estatuto de la Corona. 
 5)  Pacto por empleo y las pensiones. 
 6)  Reforma de la Justicia. 
 7)  Pacto por la educación. 
 8)  Pacto por la sanidad pública. 
 9)  Un Estado federal. 
10) Reforma de la Constitución.

La mayoría de estas acciones se basan en unos principios que nunca hubieran debido supeditarse a la economía, y otras –especialmente las que se refieren al empleo- requieren un "proyecto de España" para hacer frente a un contexto de una exagerada deslocalización productiva que, unida a la automatización, robotización e informatización, hacen necesario identificar aquellos aspectos que pueden definir el nuevo horizonte laboral: fomento del turismo y segunda residencia, teniendo en cuenta la mayor longevidad; servicios a la tercera edad; educación para todos a lo largo de toda la vida; gran calidad de la asistencia sanitaria; "puente" privilegiado, por su situación y su historia, con los países árabes, África y América Latina; promoción de la I+D+i…

Hay que ofrecer rápidamente, a un pueblo perplejo y desencantado, caminos que podrían conducirle a un mañana menos sombrío. Y explicarle por qué pagamos entre todos 40.000 millones de euros a las instituciones financieras y "reducimos" las inversiones en los grandes pilares de la "construcción" nacional, al tiempo que se presenta como un gran éxito haber conseguido un fondo cuarenta veces menor para crear empleo (¿dónde? ¿para qué?)… Pienso que hay que aplaudir estas interesantes propuestas de "El País", preconizando acciones y acuerdos que podrían sustraer a los ciudadanos de la desmoralización y desinformación actuales.