CONSTRUIR BASE SOCIAL A PARTIR DE LAS RUINAS DEL RÉGIMEN

(Público.es, 21/02/2013)


Alberto Garzón Espinoza

Hay un régimen viniéndose abajo. Tanto el sistema económico como el sistema político están sumidos en una crisis de legitimidad en cuyo desarrollo se está hundiendo la sociedad y dinamitando la cohesión social. Algunos sectores, entre los que se encuentran muy claramente las direcciones de los dos grandes partidos, intentan apuntalar como pueden un diseño institucional y económico que durante décadas les ha permitido reproducirse tanto en el Gobierno como en el poder.

En ambos ámbitos, económico y social, la directriz oficial es tomar la vía de la huida hacia delante. Así, el Gobierno espera que la modificación rápida del modelo de crecimiento económico dé pronto sus frutos. Esos frutos esperados son un crecimiento del empleo de carácter precario, prácticamente esclavista, y una calma en los mercados financieros que sea bendecida por el todopoderoso e independiente Banco Central Europeo. El camino es tortuoso, especialmente para los más desfavorecidos, y sin un final feliz garantizado, pero al Gobierno se le va agotando el tiempo. Todo parece indicar que el estallido social puede llegar mucho antes que la esperada meta económica del Gobierno.

En el otro ámbito, el del sistema político y la representación política, las cosas están aún peor. Según Metroscopia, un 80% de los ciudadanos piensa que los diputados del Congreso no les representan, y hasta un 85% cree que los diputados y los banqueros son deshonestos. La corrupción y la sensación dominante de impunidad de los delincuentes fiscales y financieros es algo desolador.

Y para enfrentar esto tenemos la necesidad no sólo de diseñar propuestas factibles en ambos ámbitos, con un proyecto político y económico que sea viable y sustancialmente distinto al empujado por el Gobierno en su huida. Es decir, es insuficiente con poner encima de la mesa un proceso constituyente y un modelo económico alternativo al actual. Sobre todo necesitamos también encontrar la forma de aglutinar todo el descontento generalizado y transformarlo en una fuerza que sea catalizadora del cambio social y económico. Esto es, crear una base social.

Efectivamente, suele haber acuerdo en que cualquier proceso de transformación de las características apuntadas requiere la existencia previa de una base social, esto es, un colectivo que comparta unas determinadas condiciones objetivas, una amplia cohesión y un grado de intervención suficiente. Se trata, en definitiva, de lograr que la ciudadanía que sufre bajadas salariales, recortes en los servicios públicos y desahucios vean las mismas causas en el origen de esos distintos procesos. Que compartan, dicho de otra forma, un diagnóstico político de lo que está fallando. Desde ese punto de partida es posible cohesionar a la ciudadanía en torno al proyecto político y económico, y si existe una organización de ese proyecto será factible poner en marcha el proceso de cambio.

Esta teórica hoja de ruta choca con un obstáculo perverso del actual sistema político. A saber, que la voluntad de la ciudadanía está mediada por los partidos políticos, los cuales cohesionan en torno a otro tipo de valores. Dicho de otra forma, los partidos funcionan como fuerzas centrípetas de la frustración ciudadana y logran la absorción de fuerzas que son necesarias para la configuración de esa base social, la cual naturalmente ha de ser más amplia que la que potencialmente pueden alcanzar estos mismos partidos en las condiciones actuales.

En la práctica esto deriva en una guerra de siglas, cada una de ellas presentadas como los mejores instrumentos de cambio. Así, el debate se traslada desde el fondo –el proyecto ideológico– hacia la forma –las siglas y la pertenencia o la identidad política a un partido–. En consecuencia, personas que en otras circunstancias compartirían espacios políticos se encuentran enfrentadas por la mediación de los partidos políticos y el ciclo electoral.

En otros países esta realidad ha conllevado la implosión de gran parte de los partidos políticos, abriendo espacios a nuevos proyectos de transformación –como en Ecuador, Bolivia o Venezuela– o a nuevos partidos que heredaron las viejas prácticas –como en Italia–. El perfil que marca actualmente España es el de la descomposición paulatina pero firme de los dos grandes partidos, especialmente con un acentuado nivel de pérdida de identidad en el Partido Socialista.

Lo que a mi juicio corresponde hacer es tratar de convertir instrumentos políticos como Izquierda Unida en elementos que catalicen la creación de esa base social que requerimos. Ignorar el análisis anterior puede convertir a IU en un partido que se limite a ver pasar de largo el proceso de transformación, no necesariamente positivo, llevado a cabo entonces por otros actores políticos.

Izquierda Unida debería aspirar a ser el dispositivo que active la creación de esa base social, sin pretender ser el centro dirigente del cambio. Ese centro corresponde a las personas cuya ideología busca dicho cambio. Otros colectivos, organizados en la periferia ideológica de IU, forman parte de esa base social potencial que necesitamos y, en consecuencia, son también compañeros de viaje.

Así, hay que romper con las viejas prácticas y mentalidad de un sistema político decadente. La lucha no puede darse enfrentando siglas o banderas, sino ideas, y ello conlleva aceptar también que hay un sector muy importante en la base social del PSOE que es igualmente necesario.

El reciente abucheo a la dirigente socialista Beatriz Talegón, en la manifestación del 16F, pone de relieve que aún nos queda camino por recorrer. Porque sin duda hay que combatir la hipocresía y oportunismo de quienes, como López Aguilar, pertenecieron a un Gobierno que agilizó los desahucios y ahora defienden lo contrario. Pero tampoco podemos ignorar que muchos militantes y votantes del PSOE no son corresponsables de las prácticas infames llevadas a cabo por los dirigentes de su partido.

En Alemania y Francia, importantes dirigentes socialistas, repletos de honestidad, dieron el salto hacia proyectos alternativos en Die Linke y Front de Gauche. En Grecia, la base social de Syriza proviene también, y lógicamente, de gran parte de la base social del antiguo PASOK. Y tanto en las recientes elecciones de Galicia como las de Catalunya, los votos de Alternativa Galega e ICV-EUiA también provenían de la antigua base social socialista. Y esa aglutinación de fuerzas probablemente ha generado círculos virtuosos que han animado a más personas a participar en el proyecto de transformación, al percibir utilidad y eficacia en el mismo.

En consecuencia, sería injusto y contraproducente estigmatizar a quienes han pertenecido o votado siglas que hoy representan el gran capital y el neoliberalismo más salvaje, puesto que las transformaciones no se realizan desde espacios minoritarios sino desde aquella base social de la que hemos hablado. Y el trabajo es construirla en torno al proyecto político y económico, es decir, en torno a un proyecto ideológico.

NO SON TODOS LOS QUE ESTÁN, MENOS MAL

(ATTAC España, 21/02/2013)


Pablo Mora — ATTAC Sevilla

No son todos los que están pero la política es un negocio, los creyentes aman más a la iglesia que a los seres humanos, los deportistas ganan trofeos a base de drogas, la policía apalea a los ciudadanos robados, los escritores lanzan libros que ni ellos mismos han escrito, los balances de cuentas son falseados, los periodistas desinforman y junto a las televisiones nos proporcionan diariamente la medicación necesaria para que no nos demos cuenta de nada… y ya debo dudar de que todos los años aparezca una obra perdida de un famoso artista. Después de todo da igual que sea mentira si certifican su autenticidad para poder negociar con ella.

Se dice que la crisis ha sido originada por la banca, pero ésta no es administrada necesariamente por personas obesas amantes de los puros. Las universidades como instrumento del sistema, no preparan a las personas para mejorarlo, sino para integrarlos en él y perpetuarlo. Estos centros siguen lanzando "cualificados" políticos, economistas o periodistas que dejando de servir a su profesión acaban transmitiéndonos ideas que permitan imponer el criterio de los grandes peces, y a los pequeños y medianos nos lanzan carnadas como que hay que salvar a la banca sin más remedio o que la seguridad social es insostenible. De este modo enriquecen a las aseguradoras, o a los bancos cuando el ciudadano, y una vez que el estado se haya desentendido, deberá endeudarse de por vida para hacer frente al gasto por enfermedad de uno de los suyos.

Afortunadamente no son todos los que están pero lo habitual es encontrar patatas en los sacos de patatas y en los de trigo, trigo. Hay tan poca educación política en las democracias de hoy en día que la mayoría de ciudadanos no sabe distinguir entre partidos que apoyaran a los suyos y partidos que antepondrán los intereses de las grandes empresas y corporaciones financieras arrasando con el bienestar conseguido. Es tan débil la educación política de la gente de a pie que basta con ponerle a un partido el nombre "Partido del Pueblo" para captar un elevado porcentaje de electorado, y una vez puestos en el poder, con todas las herramientas a su alcance, enfundados en estupendos modales y ayudados por lindas corbatas, les siga pareciendo fácil hacer creer que sus acciones políticas irán encaminadas a resolver los problemas de la nación.

Los Presupuestos del Estado estarán sometidos al capital disponible y se nos sigue lanzando mensajes como el "no hay dinero" incluso con la desvergüenza de no haber impulsado algún tipo de medida contra los paraísos fiscales. Yo no soy economista pero la lógica y matemáticas aplastan, por ello entiendo que los grandes establecimientos empiecen vendiendo productos de otros, y para aumentar sus ingresos acaben comercializando su propia marca. Tan sólo un ejemplo: el gasto farmacéutico. Aún no he escuchado a ningún político ni economista apostando a que sea el mismo estado el que produzca y suministre la medicación a sus ciudadanos. ¿Hacemos cuentas? Pues claro, pero cuidado con la calculadora. Puede que haya sido "afinada" por algún cualificado especialista.

Lo dicho, afortunadamente no son todos los que están, pero lamentablemente son muy pocos los que como Vicenç Navarro nos ayudaran a descubrir las verdaderas intenciones de ciertos "profesionales".

LO QUE BEATRIZ TALEGÓN NO DIJO Y DEBERÍA HABER DICHO

(VNavarro.org, 19/02/2013)


Vicenç Navarro

Ha tenido amplia repercusión en la red el vídeo en el que Beatriz Talegón, Secretaria General de la Unión Internacional de las Juventudes Socialistas, critica a la Internacional Socialista (I.S.) por haber perdido su vocación transformadora de la sociedad y del mundo, habiéndose apalancado en el poder, insensible a las necesidades de aquellos sectores de la sociedad que les vieron en su día como el instrumento que tales sectores (por regla general los más vulnerables en la sociedad) habían utilizado en defensa de sus intereses. El simbolismo de que la reunión de la I.S. tuviera lugar en un hotel de cinco estrellas, con muchos de sus delegados llegando al hotel en coches de lujo, mostraba –decía Beatriz Talegón- el grado de acomodación al poder económico y financiero, y su estilo de vida.

Beatriz Talegón señalaba, como indicador de esta pérdida de capacidad transformadora, el hecho de que los movimientos pro democracia que han ido ocurriendo alrededor del mundo, habiéndose iniciado en el norte de África, en Túnez primero y en Egipto después, cogieron a la I.S. por sorpresa. En realidad, la I.S. era totalmente ajena –según la dirigente de las Juventudes Socialistas- a la movilización de las poblaciones de aquellos países en busca de la libertad y de la democracia.


Me alegró oír aquella voz de protesta y denuncia que puse en mi blog. La amplísima distribución de tal vídeo parece reflejar una amplia aprobación de tal denuncia. Hay un enfado generalizado entre las bases de los partidos socialistas con sus dirigentes, y era esperanzador que, por fin, aparecieran voces de protesta.


Ahora bien, habiendo dicho esto, me preocupa que la situación es mucho peor que la presentada y denunciada por Beatriz Talegón. La acomodación de muchos partidos socialistas al poder es peor que la denunciada por Beatriz Talegón. La distancia entre la narrativa del discurso oficial de los partidos socialistas, por un lado, y el estilo de vida y comportamiento de sus dirigentes, por el otro, ha alcanzado niveles muy elevados. Pero, repito, la situación es mucho peor que esto, pues la I.S. ha sido en muchas partes del mundo la mayor sostenedora de las estructuras del poder. Es decir, su falta (o pecado como dicen los cristianos) no ha sido por omisión, sino por comisión. Los partidos de la I.S. jugaron un papel clave en el mantenimiento de aquellas estructuras dictatoriales que generaron las protestas populares. Hay que recordar que el partido que dirigía el dictador de Túnez, Ben Alí, pertenecía a la I.S. Y lo mismo ocurría en Egipto, donde el partido que dirigía el dictador Mubarak era también miembro de la I.S. En estos países, los partidos que dirigían la dictadura eran partidos que se llamaban socialistas y que habían sido admitidos en la I.S. No fue hasta el momento en que millones de personas salieron a la calle en aquellos países cuando la I.S. los desaprobó. ¿Por qué los admitió?


La respuesta a esta pregunta es fácil de dar, viendo el comportamiento de los países miembros de la I.S. en América Latina. En un excelente artículo, "The Socialist International: What is it good for?", Social Europe Journal. (08.02.13), por desgracia no publicado en España, David Lizoain muestra la activa colaboración, cuando no liderazgo, que los partidos miembros de la I.S. han tenido en la aplicación de las políticas neoliberales en aquel continente, promovidas por el Fondo Monetario Internacional, que impusieron enormes sacrificios a las clases populares, sacrificios que generaron grandes protestas en muchas ocasiones reprimidas por los Estados gobernados por partidos miembros de la I.S., causando muerte y miles de asesinatos. En Venezuela, el gobierno del Partido Acción Democrática, miembro de la I.S., llevó a cabo políticas duras de austeridad, que generaron unas protestas brutalmente reprimidas (con más de 3.000 muertos), siendo Ministro de tal gobierno el Sr. Moisés Naím, hoy comentarista para América Latina de El País, sin que tal supuesto defensor de los derechos humanos dijera ni pío. Algo semejante ocurrió en México, donde el PRI (también miembro de la I.S.), otro partido socialista gobernante, corrupto y profundamente represor, fue responsable de un gran número de matanzas de obreros que protestaron en contra de las políticas de austeridad impuestas por tal partido gobernante. Y lo mismo ocurrió en Bolivia y otros países. En realidad, fueron tales protestas las que crearon como respuesta la elección de partidos de izquierda que han revertido aquellas políticas, y que continúan gozando de gran apoyo popular, llevando a cabo políticas opuestas a las que aquellos partidos gobernantes, supuestamente socialistas, impusieron a sus poblaciones. Ninguno de estos partidos, ahora gobernantes, es miembro de la I.S., a la cual ven como parte del problema y no de la solución.


La I.S., incluido el PSOE, ha intentado diferenciar a estos partidos gobernantes, separando a los "buenos", como los partidos de izquierda de Brasil, Uruguay o Chile, de los "malos", como Venezuela, Ecuador o Bolivia, división bastante irreal y que no corresponde a la situación actual. Lula fue y continúa siendo el gran defensor de Chávez, habiéndole definido como el mejor Presidente que Venezuela haya tenido.


Los partidos socialistas europeos pagan un coste en su credibilidad cuando (leales a los partidos socialistas latinoamericanos que se convirtieron en los baluartes de las políticas de austeridad) critican con gran hostilidad las reformas de partidos gobernantes como el presidido por Hugo Chávez, al cual han demonizado. El Presidente Chávez es sumamente popular entre las clases populares de Venezuela.


La urgente y necesaria autocrítica de tales partidos
Una última observación. Con frecuencia recibo críticas por referirme a los partidos que se autodefinen como socialdemócratas que han gobernado el Estado español y las CCAA como partidos de izquierdas. El hecho de que muchas de sus políticas económicas no hayan sido socialistas cuando gobernaron explica que se considere mi definición de tales partidos como partidos de izquierda como errónea. Pero un partido es mucho más que su dirección o incluso su burocracia o nomenclatura. Un partido es una institución colectiva que la constituyen sus miembros, simpatizantes y votantes, que comparten una cultura, una narrativa y una historia. La mayoría de militantes y votantes de tales partidos son personas que son y/o se consideran de izquierdas. Y las encuestas creíbles muestran que, en general, las bases de aquellos partidos, así como sus simpatizantes, adoptan, creen en y simpatizan con los valores de izquierdas. En realidad, el gran desencanto de tales bases explica el deterioro electoral de tales partidos.


Es un error que, en partidos tan poco democráticos como son los partidos políticos de España, se consideren las decisiones de sus dirigentes como representativas de las opiniones de la mayoría de sus militantes, simpatizantes o votantes. De ahí la paradoja de que partidos de izquierda estén desarrollando políticas de derechas. Ahora bien, la lealtad institucional y cultural tiene sus límites. Y el enorme desencanto de las bases con tales partidos explica su gran declive. El caso del partido socialista italiano es el ejemplo más claro de ello. En realidad, el mayor problema de tales partidos es la creciente distancia entre sus aparatos y sus bases. Un número muy elevado de tales aparatos son profesionales con títulos universitarios que desarrollan contactos y complicidades con las instituciones que dominan la vida política y económica del país. Así, las políticas económicas suelen llevarlas a cabo no personas que provienen de las bases de tales partidos, sino profesionales procedentes de las instituciones que dominan las culturas económicas del país. Se establece así una puerta rotatoria entre profesionales de los partidos socialistas y las instituciones del sistema financiero y económico que está alcanzando unos límites escandalosos. La gran mayoría de economistas que trabajaron en las administraciones socialistas de elevado poder decisorio están hoy trabajando en las empresas, en la banca y en las asociaciones empresariales que configuraron la estructura del poder financiero y económico del país. Y ahí está la raíz del problema: la captura de las élites gobernantes en tales partidos por los intereses económicos y financieros que dominan la vida política del país.

EMPLEADOS PÚBLICOS: MENTIRAS MÁS FRECUENTES

(Diarioprogresista.es, 19/02/2013)


Gustavo Vidal
Desde los disparaderos de la caverna y de las cuevas de ladrones (perdón, CEOE y banca) se apunta, últimamente, a un colectivo de trabajadores que aún conserva cierta dignidad y algunos derechos: los empleados públicos.
Así, tergiversando el caso irlandés, la gran patronal agita cada cierto tiempo el espantajo del despido de funcionarios.

Pero el ejemplo no puede resultar más mendaz… el sistema anglosajón de funcionariado se fundamenta, en gran parte, sobre contrataciones temporales y en nada se parece a nuestra legislación de la Función Pública.

Pese a ello, nuestra vomitiva gran empresa lanza la ofensiva para que en la opinión pública vaya calando la idea de que “a los funcionarios se los puede despedir, igual que pasó en Irlanda”. El siguiente paso, una vez sembrado el embuste, consistiría en presionar a los gobernantes en esa dirección. Poco les importa que todo se fundamente en una falacia que, para mayor recochineo, daña la economía nacional. Aunque posiblemente con esas cortinas de humo se oculte el insoportable fraude fiscal que perpetran las grandes empresas.

“Curiosamente” se cuidan mucho de airear que en Irlanda se han estado aplicando las medidas neoliberales al pie de la letra (reducción de un 20% del sueldo a los empleados públicos, grandes rebajas de impuestos a las empresas y rentas más altas, despido “libre”, etc.) y, como no podía ser de otra forma, ese país se ha abismado en una fosa de quiebras, desempleo, desolación y ruina.

Otra de las falsedades más tópicas asegura que “en España hay muchos funcionarios”. Sin embargo, dentro de la UE, nuestro país ocupa el puesto doce en cuanto a ratio funcionario por habitante.

Y, de nuevo “curiosamente”, quienes escupen esta mentira se cuidan mucho de matizar que el mayor porcentaje de funcionarios por habitante lo hallamos en el país con mayor nivel de bienestar del mundo, Suecia, mientras que los porcentajes menores los padecen Grecia, Eslovaquia, Rumanía…

Obviamente, los datos evidencian que la calidad de los servicios y el bienestar se fundamentan en un sector público sólido y amplio. Las estadísticas son tan diáfanas que solo las podría discutir un malintencionado o un imbécil.

Por asociación de ideas, recuerdo a Luis María Ansón. Hace tiempo desperdició una inmejorable oportunidad de callarse y, en un alarde de ignorancia supina, rebuznó: “Cada funcionario nos cuesta un ojo de la cara”. También aseguraba que solo debería haber un millón de funcionarios.

En realidad, si se aplicara este razonamiento obtuso, nuestro país compartiría puesto en la tabla con Estonia, Letonia, República Checa y Bulgaria. De cualquier modo, si L. M. Ansón percibe remuneraciones públicas por su sillón de académico puede empezar a predicar con el ejemplo y renunciar a ese puesto.

La siguiente mendacidad, “los funcionarios ganan mucho” resulta fácil de desmontar. Un funcionario del grupo A2, nivel 18, no gana más de 22.000 euros al año. Y hablamos de un diplomado universitario que ha superado unas complicadas oposiciones. Un puesto similar en la empresa privada podría rebasar los 30.000 euros, con la particularidad de que allí no se requiere oposición, toda vez que la condición de “hijo, primo o cuñado de” resulta determinante a la hora del acceder al trabajo.

Y, posiblemente, la más cruel y amarga de las falacias es la que presenta el trabajo de un empleado público como una Arcadia feliz, un chollo, un lugar de relax… ¿Acaso ignoran que miles de médicos y DUE sufren agresiones y que más de la mitad ha padecido insultos, coacciones, amenazas y vejaciones?

Y podríamos continuar con los puñetazos y patadas a los funcionarios de educación, el síndrome de burn-out de los funcionarios de prisiones, guardias civiles y policías, el mobbing que padece casi el 25% del funcionariado…

No, los funcionarios públicos no sobran. Más bien escasean. La inmensa mayoría percibe remuneraciones cortas. Los lugares de trabajo se asemejan, muchas veces, al infierno, y los derechos que ostentan los han obtenido mediante el esfuerzo prolongado, el sacrificio, el estudio…

Desgraciadamente, lo que sí sobra en España son Ansones, Dragós, Ratos, Barcenas, Cospedales y Belenesteban.

CONTRA EL PARO

(ATTAC España, 18/02/2013)


Juan Torres – Consejo Científico de ATTAC España

La lucha contra el paro no es técnica sino política.

Es así porque el paro no constituye un problema para todo el mundo. Lo es para quienes no encuentran trabajo remunerado en los mercados. Pero, curiosamente, lo que supone un grave problema para los grandes empresarios no es el paro sino el pleno empleo.

Es así porque, cuando se alcanza, los trabajadores son fuertes y están en condiciones de negociar con éxito las condiciones laborales, es decir de hacer frente al poder del que depende el bienestar y el beneficio de unos y otros. Aunque cueste creerlo, es por ello que a los capitalistas les interesa que haya niveles de paro elevados, pues así (aunque en conjunto ganen menos) tendrán en su mano el poder que necesitan para controlar a la fuerza de trabajo y su retribución.

Eso es especialmente necesario cuando los empresarios no están dispuestos a competir a través de la calidad o la innovación, como desgraciadamente ocurre con la mayor parte de la clase empresarial española. Entonces tienen que recurrir necesariamente a reducir salarios aunque es evidente que esa estrategia, empobrecedora, deben revestirla de algún modo para que sea fácilmente aceptable por la población trabajadora y por la sociedad en general.

El discurso que les permite eso es muy antiguo y consiste en afirmar que los salarios son uno de los costes principales de las empresas y que si éstos son elevados no podrán crear empleos. Así que si se quiere que los haya, habrá que aceptar que los salarios sean más bajos.

Por añadidura, se afirma que si los salarios son elevados, las empresas no tendrán más remedio que subir los precios, de modo que se producirá un peligroso proceso inflacionario que siempre hay que evitar. Y la conclusión será que deben establecerse normas que garanticen, por un lado, que los empresarios puedan reducir costes laborales constantemente, y, por otro, que todas las políticas del estado (y la fiscal y la monetaria, principalmente) deben dirigirse a combatir la inflación. Lo cual, dicen, se consigue reduciendo gastos, elaborando normas que flexibilicen los mercados y no permitiendo que los tipos de interés sean bajos.

Repetidas hasta la saciedad, estas ideas convencen pero la realidad es que son falsas porque se sostienen en un principio que carece de fundamento.

Parten, efectivamente, de una idea liberal del siglo diecinueve que afirma que el nivel de empleo solo depende de lo que ocurra en el mercado de trabajo. Si hay paro, dirán, es porque hay exceso de oferta de trabajo. Pero si los salarios bajan, entonces los empresarios contratarán a más trabajadores y desaparecerá el paro. Si éste existe será entonces "paro voluntario", es decir, producido solo porque los trabajadores no quieren aceptar salarios más bajos.

Desde hace muchos años sabemos que esas ideas son falsas (incluso matemáticamente insostenibles) y que en realidad solo producen incrementos del beneficio empresarial. Podría ser que fuesen aceptables para una empresa en particular pero, a nivel de toda la economía, el nivel de empleo depende no solo de lo que ocurra en el mercado laboral sino, sobre todo, en el mercado de bienes y servicios. Por muy bajos que sean los salarios, si las  empresas no tienen clientes (demanda) no contratarán a nadie. Y la mayor parte de la demanda la componen los salarios.

Aplicando estas ideas a la situación española deduciríamos que para combatir el paro son imprescindibles dos cosas. La primera, limitar el poder político de las grandes empresas que imponen su voluntad (su preferencia distributiva) al resto de la sociedad. Es decir, las que, para ganar más, en realidad están empeñadas en crear escasez artificialmente, escasez de actividad productiva que realmente satisfaga necesidades reales y escasez de empleo estable y de calidad. La segunda, garantizar demanda suficiente a las empresas que de verdad pueden crear empleo, que hoy día son las pequeñas y medianas que fundamentalmente viven del ingreso de los trabajadores nacionales.

Por tanto, lo mejor que se puede hacer para crear empleo en España es elevar los salarios, cambiando la pauta de distribución de la renta para hacerla no solo más justa sino más eficiente económicamente.

Ahora bien, esto no se podrá hacer si no se abordan otras dos cuestiones (para lo cual también se necesita anular el poder político de los grandes grupos oligárquicos). La primera, sustituir las actividades productivas que vienen actuando como motores insostenibles de la economía por  otras que utilicen los recursos de otro modo y permitan consumir de forma más satisfactoria, equilibrada y humana. La segunda, controlar el dinero y las fuentes de financiación para ponerlas al servicio de la sociedad.

Publicado en Madrid 15m. Periódico de asambleas del 15M, nº 11, febrero de 2013

ES TIEMPO DE REINICIAR LA DEMOCRACIA



Reyes Montiel
 
Llevamos tiempo hablando de que hemos superado los límites de la democracia representativa, de que el desarrollo –sobre todo tecnológico– nos posibilita a los ciudadanos un acercamiento distinto a los asuntos públicos que nos permite implicarnos de manera directa. Llevamos tiempo hablando de que necesitamos ya instituciones más abiertas y que las organizaciones políticas, los partidos políticos no tienen por qué tener la exclusividad o el monopolio de la interlocución con los ciudadanos.

En esa idea, que ya parece descartada, de que siempre vamos hacia delante, de que todo evoluciona, los argumentos para exigir más democracia, tal y como se ha gritado y reivindicado en las plazas desde hace dos años ya, apuntaban las razones de la necesidad de un proceso constituyente: nuestra Constitución daba ya la foto fija de una sociedad española que había cambiado y mucho, no sólo no resolvía algunos problemas que seguimos teniendo sino que a veces era un obstáculo para anhelos de los ciudadanos de hoy: un sistema electoral más justo, una nueva reformulación de los referendos, de las ILP...

Y sin embargo, en los últimos tiempos, no es que estemos dando pasos hacia atrás, el sistema es el mismo, pero cada vez tenemos menos derechos. Podemos seguir votando y votando siempre que huyamos de los estrafalarios, siempre que no nos importe que nos tomen el pelo, siempre que nos permitamos sin sonrojarnos tener un presidente que presume de no cumplir su programa pero cumplir su deber que no es otro que mantenerse él y su casta, la del Gobierno y la de la oposición, la de la monarquía, la de los bancos, la de la corrupción, la del dinero B. Como decía, no es que vayamos hacia atrás, es que ya no aguantamos más. Queremos otra cosa, cambiar, reiniciar.

Por ello, somos cada mía más (mayoría silenciosa y ruidosa) los que decimos: lo sentimos, señores y señoras, ya no funciona la coartada de la "estabilidad" con nosotros. Estabilidad es seguridad y bienestar, la de todos y todas, no la suya. Es momento de dar un paso porque hace ya mucho tiempo que los ciudadanos pensamos que son ustedes parte del problema y no de la solución.

Y tranquilos, ni "populismos ni generales": DEMOCRACIA. Más democracia para salir de esta crisis. Y más política también. Una política alejada de los argumentarios, de los comités ejecutivos. Una POLÍTICA en la que no quepan afirmaciones como "no podemos hacer otra cosa" mientras se ocupa un sillón o se reza a la Virgen del Rocío.
Vamos a hacer las cosas bien y de distinta forma. Porque Sí se puede.

La segunda transición, la de la ciudadanía, llama a nuestra puerta. Muchos no querrán verlo, pero ahí está. Es nuestro momento. Islandia nos marcó el camino: referéndum, elecciones constituyentes y una nueva Constitución en la que se reflejen los nuevos derechos y una nueva forma de entender la democracia, la economía, la participación... La POLÍTICA.

Desde EQUO hemos puesto nuestro granito de arena con la aprobación de un manifiesto para 'Reiniciar la Democracia' que plantea precisamente la necesidad de un nuevo paradigma porque las democracias tienen que representar los intereses de la mayoría y respetar las minorías y porque, frente a las tentaciones de gobiernos tecnócratas al servicio de los intereses de banqueros y especuladores, queremos un cambio real profundo, con las voces y la participación de la ciudadanía.

AMNISTÍA INTERNACIONAL, GREENPEACE E INTERMÓN OXFAM PRESENTAN UN DECÁLOGO DE MEDIDAS CONTRA LA CRISIS

(Periodismohumano, 18/02/2013)


 

"Es tiempo de abrir un debate y adoptar medidas que deberían llevarnos hacia un futuro mejor, sostenible y esperanzador. Con las actuales políticas emprendidas por el gobierno vamos camino de conseguir un país más pobre, más injusto y más inestable", afirman Esteban Beltrán, Mario Rodríguez y José María Vera (directores de Amnistía Internacional, Greenpeace e Intermón Oxfam respectivamente) en una carta abierta dirigida al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y a los grupos parlamentarios en vísperas del debate del Estado de la Nación, que se celebrará los próximos días 20 y 21 de febrero de 2013.

Las tres organizaciones han elaborado un decálogo de medidas urgentes contra la crisis, en el que piden un cambio de rumbo con respecto a las políticas emprendidas por el gobierno. Amnistía Internacional, Greenpeace e Intermón Oxfam exigen mayor protección de los derechos de las personas, priorizando a los colectivos más vulnerables; una reorientación del modelo energético para favorecer la creación de empleo y la sostenibilidad; y un cambio en la política fiscal y económica que contribuya a crear una sociedad más equitativa y justa.

El “mantra” de la austeridad ha significado mayor desprotección para las personas que pertenecen a colectivos más vulnerables, como inmigrantes en situación administrativa irregular o personas con menos recursos; y, dentro de estos, las mujeres.

Entre otras causas, las medidas adoptadas por el gobierno han provocado que casi dos millones de familias españolas no tengan ningún ingreso y que una de cada cuatro viva en la pobreza o en condiciones de exclusión social.


Al mismo tiempo, se ha violado el derecho internacional adoptando medidas regresivas en el ámbito del acceso al derecho a la salud, se ha mermado la calidad de la educación debilitando el sector público de la misma y se ha producido una enorme degradación del medio ambiente.

“Es imperativo combatir la desigualdad con un modelo más justo y equitativo, que permita recaudar con justicia, blindar las políticas sociales y fortalecer la democracia con transparencia. Es inaudito que, mientras se piden sacrificios más allá de lo posible a las familias, el 85% de las empresas del Ibex 35 tengan presencia en paraísos fiscales y que la evasión fiscal alcance los 90.000 millones de euros. La lucha contra la evasión fiscal debe ser una prioridad ineludible, más efectiva que los recortes o la subida de impuestos”, afirma José María Vera.


La carta abierta que hacen pública las organizaciones pide que no haya más violaciones de derechos humanos. Para ello, debe modificarse el Real Decreto Ley 16/2012 que limita el acceso a personas migrantes en situación administrativa irregular al derecho a la salud, suspenderse de manera inmediata los desalojos forzosos y una legislación que los prohíba expresamente, tal y como reconocen las normas internacionales ratificadas por España.

“Las autoridades deben adoptar medidas urgentes que pongan freno a la indefensión que sufren cientos de miles de personas. Deben paralizarse los desalojos forzosos hasta que las personas afectadas no cuenten con recursos judiciales efectivos que les permitan defender sus derechos. Además, es fundamental que se reconozca el derecho a una vivienda adecuada, como lo que es, un derecho humano. Igualmente, no es admisible que algunas personas que se han manifestado pacíficamente hayan sido objeto de un uso excesivo de la fuerza por parte de miembros de las fuerzas de seguridad, ni que estos abusos permanezcan ocultos bajo un manto de impunidad sin que se investigue ni se castigue a los culpables” , asegura Esteban Beltrán.

Un modelo energético basado 100% en las renovables daría mejores servicios, más empleo y acabaría con la dependencia energética y las emisiones de CO2, ahorrando más de 200.000 millones de euros al año. Por ello, el decálogo de medidas presentado por las ONG pide al presidente -y a los grupos políticos con representación parlamentaria- un cambio en el actual modelo energético, dominado por las grandes empresas, que agrava la crisis no sólo por la importación de combustibles, sino por sus efectos sobre el cambio climático o el riesgo nuclear.

“No se puede utilizar esta crisis como excusa para destruir el medio ambiente. La gestión sostenible de los recursos naturales y la apuesta por energías renovables no es un gasto sino una inversión, que podría generar miles de empleos a la vez que evitamos dejar una deuda a las generaciones futuras en términos de cambio climático, contaminación o pérdida de biodiversidad”, ha declarado Mario Rodríguez.

La carta abierta recuerda también la necesidad de luchar contra la pobreza como una obligación para cumplir con nuestros compromisos internacionales y que ha sido ampliamente respaldada por la ciudadanía, pero cuya financiación ha sufrido recortes de un 70% de su presupuesto en los dos últimos años y del 90% en lo relativo a la ayuda humanitaria.


Por último, los directores de las ONG afirman que la época de crisis no puede ser una excusa para relajar los controles sobre el comercio de armas. En casos como el de la posible venta de carros de combate Leopard a Arabia Saudí -asunto del que trató el Ministro de Defensa, Pedro Moranés, en su reciente visita a Riad- deberían adoptarse todas las garantías necesarias de que no serán usados para cometer violaciones de derechos humanos. El oscuro historial de derechos humanos de Arabia Saudí despierta el temor de las organizaciones.

¿EL MIEDO VA A CAMBIAR DE BANDO?

(Eldiario.es, 15/02/2013)


Isaac Rosa – Comité de Apoyo de ATTAC España

Lo dijo Alfon, el joven vallecano detenido y encarcelado dos meses en régimen FIES por su participación en la huelga general. Lo advirtió a la salida de la cárcel: "El miedo va a cambiar de bando". Lo cantan también Los Chikos del Maíz y Habeas Corpus: "El miedo va a cambiar de bando". Y en terrenos más integrados, lo decía también Izquierda Unida en un vídeo contundente hace unos meses: "La crisis acabará cuando el miedo cambie de bando".

Es un lugar común, cada vez más repetido: los trabajadores vamos perdiendo por goleada este último asalto de la lucha de clases que hemos dado en llamar crisis; y lo vamos perdiendo por culpa de ese desigual reparto del miedo: todo para nosotros, nada para ellos.
Que a este lado hay miedo, es obvio: miedo a que te despidan, a que te echen de tu casa, a hundirte en la miseria, a perderlo todo y aun seguir debiendo. Y algo más arriba, en la frágil clase media, miedo a descender, a perder un nivel de vida y un bienestar que parecía ya consolidado, miedo al futuro, a qué será de nosotros y de nuestros hijos.

El miedo no suele ser un agente revolucionario, con pocas excepciones (se me ocurre el Gran Miedo francés de 1789, que provocó revueltas y aceleró la abolición del feudalismo). Por lo general las revoluciones son posibles cuando el miedo al presente es mayor que el habitual miedo a cambiarlo todo de golpe y entrar en terra incognita. Si el proletariado fue alguna vez un sujeto revolucionario lo fue más bien por su falta de miedo, por no tener ya nada que perder.

Hoy sin embargo, como recuerda Zizek (Primero como tragedia, después como farsa), "lo que nos une es que, al contrario de la imagen clásica del proletariado, que 'no tiene nada que perder, excepto sus cadenas', nosotros estamos en peligro de perderlo todo". Y esa es otra garantía antirrevolucionaria hoy: que todavía tenemos más miedo al cambio que a la crisis. Conservar lo que todavía tenemos, antes que buscar algo mejor. Lo malo conocido, lo bueno por conocer. Entre otras cosas, porque en el fondo la mayoría seguimos fantaseando con que la salida de la crisis será un regreso a la casilla inicial, como despertar de una pesadilla. Es el deseo dominante, todavía: no ser otros, sino volver a ser los que un día fuimos. No aceptamos que aquellos, como las oscuras golondrinas, no volverán.

Pero retomemos la idea inicial, esa de "el miedo va a cambiar de bando": si aceptamos que esto va a seguir igual o peor mientras el miedo no se reparta, la pregunta es: ¿cómo lo repartimos? ¿Qué hace falta para que los beneficiarios y administradores de la crisis -la alta burguesía, los grandes empresarios y propietarios, el poder financiero y la clase política dirigente- tengan miedo, sientan esta vulnerabilidad nuestra? ¿Cómo asustar a quienes no solo no están en peligro de perderlo todo, sino que tienen en su mano ganarlo todo?

¿De qué tiene miedo un banquero, un gran propietario, un gran accionista, un dirigente de la patronal, un titular de una SICAV, un consejero delegado (sí, parecen figuritas de un Belén, pero así hemos convenido en retratar al otro bando)? ¿Tienen miedo de nosotros, de nuestras huelgas, manifestaciones, desobediencias, firmas? Hasta ahora, más bien poco, reconozcámoslo. El tradicional miedo a las masas (que arrojaba a la burguesía en brazos del fascismo) no parece hoy impresionarles tanto.

¿Y la clase política dirigente? ¿De qué puede tener miedo un ministro, un comisario europeo, un diputado, un alcalde, un gobernador del Banco de España, una delegada del Gobierno? En democracia, la respuesta debería ser: miedo a los gobernados, miedo al pueblo soberano, miedo a ser censurados, cesados, apartados del cargo; miedo a no ser reelegidos, a ser derrotados en las próximas elecciones. Y en una estafa como la actual, además, miedo a ser investigados, acusados, juzgados, condenados, encarcelados.

Sin embargo, en España la alta política es un deporte de bajo riesgo y que además se practica con red. Para empezar, cada vez más miembros de la clase política pertenecen a la clase alta en términos económicos, al menos eso dicen sus declaraciones de bienes. Pero además, entre ellos el riesgo de caída es pequeño, y la posibilidad de llegar al suelo es escasa. El cesado o dimitido es inmediatamente recolocado en otro puesto, o acomodado en uno de los muchos cementerios de elefantes; el derrotado es bien pagado por la empresa privada en algún consejo de administración; el imputado sigue contando con el favor del partido; el investigado se beneficia de una justicia lenta y cruzada de intereses y complicidades, que facilita prescripciones, archivos y absoluciones; y el condenado es sistemáticamente indultado, como última red de seguridad para que nadie se haga daño en caso de que todo lo anterior falle.

Arriba no hay miedo, porque hay poco riesgo de caída. Entre la clase propietaria y la clase política dirigente, en el seno de ambas y en cada una respecto a la otra, funcionan mecanismos de protección y rescate muy fuertes. Llamémoslo por su nombre: solidaridad. Sí, suena raro, parece impropio, pero en la clase alta opera una poderosa solidaridad de clase. Sus miembros son solidarios con su clase, defendiendo sus intereses; y su clase es solidaria con cada uno de sus miembros, no los deja caer. Duele decirlo, pero durante los últimos años la solidaridad de clase, esa que flaqueaba entre los trabajadores, brillaba con fuerza en los pisos de arriba. Los revolucionarios del final del siglo XX fueron los neoliberales, y para su revolución no descuidaron uno de sus pilares esenciales, sin el cual no hay revolución posible: la solidaridad de clase.

Que el miedo cambie de bando, que los de arriba sientan el miedo que hoy sentimos nosotros, no parece fácil por esa red de seguridad que han tejido, tupida por intereses cruzados, objetivos comunes, complicidades. Se me ocurre que sería más sencillo dejar de tener miedo nosotros. Como vasos comunicantes, cuanto menos tengamos nosotros, más tendrán ellos. Y para eso, hay que reconstruir por abajo nuestras propias redes de seguridad, nuestras propias formas de cuidarnos, de sujetarnos, de rescatarnos; hasta que sean tan fuertes como las suyas. Nuestra solidaridad de clase.

ELOGIO DE LA SOCIEDAD CIVIL



Javier Gallego
 
No todo son fracasos ni decepciones. Esta semana hemos cosechado una victoria que muchos compartimos, el éxito de la iniciativa popular de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca aceptada a trámite en la Cámara Legislativa. Es un éxito enorme, uno de los más grandes aunque no el único, ni mucho menos definitivo, pero sí muy esperanzador, de una forma de hacer política que se está extendiendo y contagiando. Es el éxito de la constancia, voluntad y capacidad de movilización de la sociedad civil.

Repitamos esas dos palabras, sociedad civil, porque de ellas depende nuestro presente y futuro. De ellas ha dependido siempre pero la mayor parte lo habíamos aparcado en la cómoda apatía del bienestar. El malestar nos ha hecho volver a ella. Estamos perdiendo mucho de lo que habíamos ganado pero hemos recuperado un pilar fundamental de la democracia que habíamos perdido como colectivo: la sociedad civil. No me cansaré de repetir esas palabras.

La sociedad civil es el arma más poderosa que tiene la ciudadanía. El ciudadano que, en estos tiempos, se siente indefenso y hasta ridículo con el voto arrugado en la mano como si fuera un manojo de flores marchitas para una cita con una democracia que no se presenta, se está reencontrando a sí mismo como ciudadano a través de la forma colectiva de hacer política. Está recuperando el terreno que ha cedido a la política de salón por haber quedado demasiado tiempo en el salón de su casa viendo la televisión.

Hemos dejado que los que partidos se apropien en exclusividad de la política pero cuando hemos visto que la estaban desgraciando, hemos empezado a reclamar que nos devuelvan el sitio que nos corresponde. Políticos somos todos. Política tenemos que hacer todos. La política tenemos que hacerla entre todos. Y los que no se sumen, tendrán menos voz y menos voto. Su voto valdrá lo mismo en las urnas pero pesará menos en el recuento diario de la política. Los que voten sin participar podrán alzar al poder a sus inmóviles partidos pero verán como una oleada les pasa cada día por encima y les ahoga o les arrastra. Veremos.

Lo hemos visto esta semana con la clase política, arrastrada por la oleada de la sociedad civil que les arrincona y atemoriza. El poder teme a la sociedad civil porque sabe que es el único contrapoder que le puede hacer frente durante esos cuatros años entre elecciones en los que se mueve a sus anchas. En esos periodos solo tiene que lidiar con la opinión pública que puede ser incómoda, incluso molesta, pero raramente inquietante o peligrosa.

Y mucho menos en nuestro país, donde la opinión pública está parcial y tristemente desactivada por una parte del periodismo que la manipula y utiliza como una forma de propaganda de la mafia a la que pertenece y parapeta. Por eso es tan importante que la sociedad civil traslade el debate y la acción a otro campo de batalla, el de la calle y el de las redes, las redes sociales y las redes de barrio, distrito y organización regional o nacional. Ahí la opinión pública es menos controlable y más infecciosa. Ahí la opinión pública se transforma en sociedad civil.

Eso está ocurriendo ahora en nuestro país: la opinión pública se ha puesto en movimiento y el político de salón tiene miedo. El miedo está cambiando de bando. El síntoma más claro es que la casta política hace todo lo posible por desacreditar a la sociedad civil. La llama, paradójicamente, incivil, incivilizada, violenta, antisistema. La acusa de acosarles, de no dejarles hacer política, como si la política fuese monopolio exclusivo del político. No, señores. Hoy en día la política la está haciendo la sociedad civil. Ustedes están a otra cosa, tapando agujeros y mentiras, atornillando sus butacones al suelo y pactando sus pensiones vitalicias y contratos con sus amigos empresarios. Ustedes están secuestrando la Casa de todos para hablar con su amigo el del Banco Central Europeo. La política no está en el Congreso, lo siento. La política hoy la están haciendo los ciudadanos a las puertas del Parlamento.  

El enemigo de la sociedad civil no está solo en ese político que se parapeta tras los muros de la Cámara. Está también en la propia sociedad, en aquellos que no respeta en bien común y no actúan como ciudadanos responsables. Contra estos también debe movilizarse la sociedad civil. Hay que dejarle de reírle las gracias al que roba o quiere cobrar en negro o te cuenta el chanchullo para escaquearse del curro o de la Hacienda de todos. Hay que señalar a ese como la sociedad civil ha decidido señalar al político corrupto y al político que no atiende a sus demandas. Hay que conseguir que unos y otros desaparezcan.

Yo soy optimista. Veo cómo se derrumban los monolitos de la política más caciquil, podridos por la corrupción, el servilismo y codicia. Y mientras ello se derrumban, una parte de la sociedad, la que se interesa incluso por los que no se interesan por nada, se está alzando, se está levantando, se está moviendo y está actuando.

Soy muy pero que muy optimista. Aunque estamos perdiendo mucho y aunque algunos lo están perdiendo todo hasta la esperanza, yo estoy convencido de que vamos hacia un país mejor. Peor es casi imposible por otro lado. Pero vamos hacia un país con mejores ciudadanos. Mejores ciudadanos hacen mejor democracia, mejor sociedad y mejor país. Hay mucha gente que me demuestra que podemos hacerlo. Sí se puede.

EL LIDERAZGO QUE NECESITA EL PSOE

(Sistema digital, 14/2/2013)

José Félix Tezanos
En dos artículos anteriores he intentado analizar las consecuencias del espectacular declive e incluso del riesgo de colapso del PP y en paralelo las posibilidades que se le abren nuevamente al PSOE para organizar y vertebrar la esperanza –la salida que ahora se necesita- en la sociedad española. En cierta medida, ahora es como si todos los focos apuntaran al PSOE y se estuviera a la expectativa para ver si este partido puede dar la talla y desempeñar nuevamente el papel protagonista que podría y debería cumplir. Pero que no es seguro que pueda desempeñar de inmediato, debido al desgaste sufrido en los dos últimos años del Gobierno de Zapatero y a la exacerbación de las corrientes de la antipolítica.
Los más nerviosos, fatalistas y agoreros no debieran perder de vista, no obstante, que el PSOE aún tiene potencialidades importantes; y, por lo tanto, no debe desaprovechar la demanda que existe para que alguien con posibilidades y competencias lidere el cambio que millones de españoles consideran acuciante.

En las circunstancias actuales, y ante el estado de opinión desconfiado y distante que se ha ido extendiendo, ¿qué tipo de liderazgo le convendría más al PSOE para recuperar la confianza y organizar la esperanza?

Los más frívolos y superficiales podrían decirnos –a veces dicen- que sería bueno contar con un líder joven y agraciado, con una sonrisa cautivadora y una gran capacidad de comunicación y empatía. Es decir, algo así como un galán de televisión. Y si además es mujer –añaden algunos- miel sobre hojuelas. A lo cual se une, en ocasiones, un nerviosismo extremo y casi obsesivo en la reclamación permanente de nuevos líderes.

Más allá del riesgo de transmitir una imagen de inestabilidad y de poca seriedad en un cuestionamiento permanente de los líderes elegidos, si nos atenemos al fondo de la cuestión, la verdad es que en circunstancias de crisis de credibilidad, de graves incertidumbres económicas y de notable erosión moral, cuesta trabajo saber si algunos hablan realmente en serio, o si aún viven sumergidos en una burbuja de champán. Las cosas han cambiado radicalmente y aún van a cambiar mucho más, y los que crean que todo se puede arreglar con un poco de ‘glamour’ y una sonrisa ‘profidén’, o bien están en las nubes, o bien son unos mercenarios al servicio de poderes e intereses que lo que realmente quieren son partidos débiles, anodinos, desprestigiados, inestables e intercambiables; hasta que el modelo establecido ya no aguante más.

Lo que se necesita ahora básicamente es generar confianza y seguridad en un proyecto alternativo, bien trabado y estudiado. Cuando las cosas van mal y arrecia el temporal, los ciudadanos quieren personas competentes, experimentadas y fiables al timón. Por lo tanto, si quisiéramos dibujar la imagen ideal de un liderazgo para el PSOE en estos momentos lo primero que habría que pensar es en un perfil de alta competencia, inteligencia, fiabilidad y rigor. A lo cual habría que unir una buena capacidad explicativa y pedagógica, porque los ciudadanos ahora no se fían a priori, sino que quieren entender y que se les explique bien lo que sucede y lo que se puede o no se puede hacer.

En conexión con lo anterior, el liderazgo que el PSOE necesita proyectar en estos momentos ha de caracterizarse por su capacidad de empatía con los sectores sociales que están sufriendo en mayor grado los afectos de la crisis, y por una voluntad resuelta de ser veraces y defender netamente los intereses y necesidades de estos sectores sociales. Lo cual supone un liderazgo con autonomía de los grandes grupos de interés económico y comunicacional. De ahí que el comportamiento de algunos de estos poderes pueda acabar siendo un buen test para comprobar –y anticipar- si este requisito se da o no se da.

Otro componente importante en la valoración del liderazgo que actualmente se necesita es la capacidad para formar e impulsar equipos competentes, lo más competentes y eficaces que resulte factible sin poner en riesgo el requisito imprescindible de la cohesión y la coherencia política. Algunos experimentos y ocurrencias del pasado han dejado a muchos electores bastante escaldados. Por eso va a ser necesario enfatizar debidamente este aspecto.

Finalmente –y aún sin agotar el tema- en las circunstancias actuales de desprestigio de la política y de alta sensibilización ante los problemas de corrupción, un partido que aspire a recuperar la confianza perdida y aglutinar a amplios sectores de opinión tiene que tener un líder de una honradez totalmente probada y contrastada, sin que existan dudas ni sombras sobre su verdadero propósito de realizar un servicio público, con altura de miras, con voluntad integradora y con suficiente autoridad (también a nivel interno del PSOE), en base a un proyecto de interés general.

Todo esto nos remite a un liderazgo político de primera división, a personas con verdadero fondo político, que no se pongan nerviosos, que no den bandazos ni se dejen llevar por la improvisación ni el espíritu de ocurrencia y que sean capaces de anteponer a sus filias y sus fobias el interés general y la necesidad de unir voluntades. Es decir, lo que se necesita ahora es ese tipo de liderazgo que se requiere para los momentos difíciles. Un liderazgo que tarde o temprano pueda acabar convenciendo y sumando voluntades. Y esto hoy en día no se hace con una sonrisa ‘profidén’, sino con un trabajo sereno, constante y metódico. Y, por supuesto, inteligente.